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16 julio 2009

La vuelta a casa

Estaba tan cansado mientras subía la calle que no pude llegar hasta casa. Compré unas cerezas y una botella de agua, y me dirigí a una plaza cualquiera, con bancos y unas mesas de madera.

Me senté en la mesa, con los pies apoyados en el banco, de espaldas a tres niños que jugaban. Se oía el ruído de los monopatines chocando contra el asfalto, gritos. Desde allí podía ver varias casas, la copa de dos palmeras y, al fondo, un trozo de monte sobre el que caía la noche. Vaya, pensé, tengo un trozo de monte para mí, y al instante me acordé de mi madre, que se conforma siempre con trocitos: poca cosa, no quiere abusar.

Me comí las cerezas. Las lavaba sobre el banco, y el agua que caía sobre la madera rugosa hacía bien; los huesos los tiré a una macetera. La última era dulce dulce.

Me quedé un rato, con el gusto de la fruta inundándome la boca, observando la noche que se asentaba, hasta que sentí el primer escalofrío. Entonces subí y esperé a que llamase.

02 mayo 2009


First we take Erice,


then we take L.A.


(...)

01 mayo 2009

Después

Siempre me han parecido sospechosas estas tardes de cielo límpido, brisa templada y calles vacías. Internet funciona, se oyen coches a lo lejos e intuyo movimiento tras algunas ventanas del edificio de enfrente, así que supongo que la vida sigue su curso allá fuera. Crisis financiera, cambio climático, pandemia.

La imagino así, tranquila y triste, la tarde después del apocalipsis: de una belleza rara y dolorosa. Quizás The End's Not Near no sea siquiera la mejor canción del álbum casi homónimo de The New Year, pero el día parece reclamar la melancolía serena de su melodía, la tranquila desesperación que destila la letra de Matt Kadane y ese último deslumbrante verso repetido hasta la total desolación: we're the saints who don't want to be found, the saints who don't want to be found. También, naturalmente, el precioso vídeo creada para la ocasión por Lee Daniel, habitual director de fotografía de Richard Linklater. Sabrán disculpar, espero, la lamentable calidad de la imagen.


18 marzo 2009

Raro

"...ese deseo de vivir que en nosotros renace cada vez que recobramos la conciencia de la dicha y la belleza."
Marcel Proust. A la sombra de las muchachas en flor.


Ya ves.

Me gusta correr cuando llueve y el viento te zarandea de un lado a otro. Resoplar por el esfuerzo y sentir que sale disparada la gota de lluvia que pendía de la nariz. Regodearme en la épica del trote borriquero por la ciudad en un día de perros.

Me gusta leer en las bibliotecas durante los días espléndidos de (pre)primavera. Acurrucarme en la fresca penumbra (hay focos en el techo y la sala está totalmente iluminada, pero la claridad del exterior es de un tipo radicalmente diverso, de una intensidad incomparable; y, es sabido, la percepción es relativa) y aislarme en un mundo puramente teórico, conceptual, controlable. Observar de soslayo el verdor de la hierba a través de las ventanas entreabiertas y volver de nuevo la mirada al libro. Salir sólo cuando cae la tarde, cuando las sombras se alargan hasta el hastío y el mundo se mueve despacio.

01 marzo 2009

Dignità

Grazie, Beppino.




Beppino Englaro é un home actualmente investigado por homicidio voluntario pola Fiscalía de Udine. Beppino Englaro é para unha grande parte de Italia un referente ético, o último heroe cívico no país da hipocresía e a dobre moral.

Beppino Englaro batallou xudicialmente durante dezasete anos para cumprir coa vontade da súa filla, en coma dende os vinte anos tras un accidente. Beppino negouse durante todo este tempo a solucionar o asunto “dunha forma discreta”; trasladando á súa filla a algún dos paraísos da eutanasia que existen en Europa.

Beppino negouse tamén a difundir fotografías que documentasen as indecentes condicións nas que se atopaba a súa filla e a usalas coma medida de presión para a opinión pública. O único que necesitou para gañar a súa batalla pola capacidade de decidir e contra as inxerencias do Goberno e a Igrexa foron unha coherencia implacable, a fe nun sistema xudicial no que ninguén cría xa, e dezasete longos anos.

25 febrero 2009

-

Mi gato y yo, que amamos el sol de invierno, somos perezosos.

17 febrero 2009

El gato

"La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre."
El gato negro. Edgar Allan Poe.

"Cuando odiamos a un hombre, odiamos en su imagen algo que se encuentra en nosotros mismos."
Damian. Herman Hesse.


Un gato maúlla afuera. Lleva semanas en el gran patio de luces de mi edificio; nunca lo he visto, pero oigo de cuando en vez su lamento espantoso. Su aullido parece provenir de una garganta humana, de la garganta de un hombre, en cualquier caso, que haya conocido el dolor, el frío, la desesperación, el hambre, los efectos terribles de la soledad.

Mi primer impulso es ignorar los lamentos desquiciados que se cuelan por mi ventana. Como no lo consigo pienso en lanzar algo de comida, pero sé que únicamente conseguiría atarlo más a ese lugar en el que evidentemente no consigue valerse por sí mismo. Qué sucedería cuando me ausentase durante días, semanas, para siempre?

Entonces deseo simplemente que se vaya, que desaparezca de la forma más discreta posible. Debería quizás deducirse de ello que no deseo sino su muerte y su silencio. Odio a ese animal que perturba mi vida con su dolor? Odio el sonido desgarrador que me inquieta, me entristece, hace mis noches más amargas? Odio acaso las formas oscuras que toma el eco de su queja en mi interior, los recodos angulosos y olvidados de mi ser en que rebota su aullido?

16 febrero 2009

La carrera de Q.

Mis informadores me contaron que cuando el pelotón giró para afrontar la segunda mitad del recorrido, Q. encabezaba la prueba, con unos buenos tres o cuatro metros de ventaja respecto a sus competidores. Los ojos en blanco, la mirada perdida, los miembros desmadejados, el ritmo keniata, la zancada voraz. A lo lejos avistaba ya la meta, y con ella la gloria.

Entonces comenzaron las protestas de los rivales:

- "Va dopado", gritaba uno.

- "No tiene dorsal", decía otro.

- "Huele a alcohol", denunciaba un tercero.

Q. dudaba. El animal competitivo que lleva dentro le pedía a gritos una victoria aplastante, una exhibición pública. Su alma de zíngaro y tahur le obligaba a considerar la situación desde otro punto de vista. Un enorme castillo de naipes, de engaños y mentiras, podía derrumbarse por un exceso de entusiasmo.

Lentamente, con mal disimulada contrariedad, Q. se dejo superar por sus perseguidores. Entró en meta en una posición discreta, confundido con el grueso del pelotón. Mientras se dirigía hacia su coche, Q. cruzó la mirada con uno de los corredores que minutos atrás gritaban de rabia a su espalda, a la postre el vencedor de la carrera, que le dirigió una mueca de triunfo y de desprecio.

Q. le miró de arriba a abajo, carraspeó y escupió ostentosamente en el suelo, muy cerca de sus pies. Sin preocuparse por su reacción, Q. subió a su coche y se marchó de allí.







Gracias, Q.!

10 febrero 2009

El día antes y el día después

Los días después de la fecha de entrega del periódico todo comienza de nuevo. Cojo hojas en blanco y trazo planes, ordeno papeles y distribuyo tareas. Despejo la mesa de trabajo de porquería acumulada durante los días de angustia, y hago lo mismo con el escritorio del mac. Cada clinc metálico con que la papelera acoge un archivo ya inútil libera un nudo de tensión en mi cuerpo; cada centímetro de mesa libre es una pequeña victoria frente al caos.

Aunque mi jefe se empeñó en alterar un día en principio apacible, el cielo transmitía hoy serenidad (me dicen sin embargo que negros nubarrones amenzaban afuera; que llovió, incluso, a ratos; que no era sino por contraste con la de ayer que la jornada parecía serena).

Cabalgo a lomos del desconcierto, el entusiasmo y el stress. Mañana parto hacia la capital del reino, donde me esperan días absurdos: exposiciones, ferias, trabajo a distancia, conciertos, conversaciones telefónicas, hipótesis imposibles sobre los metros de tela negra necesarios para oscurecer el mundo.

Les mantendré informados.



James Nizam. Dwelling Series #1

13 enero 2009

-


Por el momento he conseguido salvar los datos de mi ordenador, comprobando de paso que su disco duro albergaba cinco películas de Tsai Ming Liang, cuatro canciones de un grupo llamado ¡Forward Russia! y un número indeterminado de fotografías desenfocadas, perfectamente prescindibles, invitablemente morriñentas. Todo gracias a un Cd de linux autoejecutable (¿? yo también) y, claro, la inestimable ayuda de Aguachimini. Gracias, chavalote!

04 enero 2009

El buen antivirus contra el gusano asesino y otras (breves) historias

Hipnotizado, con la taza de café ya frío en la mano, observa como se deslizan por la pantalla los nombres de mil y un archivos: películas, canciones, imágenes. Reducidos cada uno de ellos a una simple línea de texto, que remite a su vez a una ubicación cualquiera al interno de un disco duro infectado, moribundo. Imposible apartar la mirada de la incesante letanía visual; imposible igualmente asociarla con la batalla silenciosa que se libra en las tripas de silicio, identificarla con el intento desesperado por salvar una/la/su memoria.

Puro sucederse de datos, de citas, de referencias descontextualizadas. Pura reiteración visual, aséptica y obsesiva iteración. Fuego que crepita, dulce que borbotea mientras cuece lentamente, lava emergiendo del volcán. Sucesión interminable e indiferente. Pulsión irresistiblemente vacua de la mirada abandonada.

La cultura, la memoria, reducida a una secuencia de nombres, fechas, títulos, duraciones, peso en gigabytes y, en fin, ubicación al interno de una única, monstruosa, unidad central.

Interior, casi día. El brillo frío de un monitor ilumina la escena. Se intuye a través de las ventanas la luz sucia del amanecer. Oímos, mientras se aleja, el lamento apagado de un autobús que no saldrá hasta dentro de tres noches. El sueño no acaba de llegar.

28 diciembre 2008

Milagros y moquetas

Aquí estoy, después de todo: sentado al borde de una cama, con los pies apoyados en genuina y antihigiénica moqueta inglesa, escuchando la última e inédita maravilla de la banda de pop más grande del planeta, pensando en como resumir estos últimos días. Con los viajes, exposiciones, conciertos y vivencias varias de semanas anteriores sedimentando aún, aguardando la acción selectiva, lenta pero meticulosa, de la memoria.

Me duelen los pies, eso es seguro. Ayer pasé el día en la Tate Modern, explorando un par de alas de la colección permanente, visitando las temporales, descubriendo el museo. Parando cada poco en la cafetería para un té, vagando frenéticamente por las salas a veces, contemplando obsesivamente algunas obras, dejando que la mente vague en frente de otras. Observando a la gente, escribiendo maniacalmente en una libreta garabatos indescifrables, leyendo novelas apoyado en cualquier esquina.



La tarde la dediqué casi por completo a una batalla interna entre el impulso irresistible de rendición sublime que me provoca desde años el trabajo del gran pintor místico del pasado siglo, y los reparos ideológicos (escrúpulos intelectuales es una forma alternativa e igualmente pomposa) que me produce tal rendición. Al final inclinan la balanza, como casi siempre, las obras finales de Rothko: sus (aparentemente) monocromos negros, los marrones y negros sobre gris, las pinturas del periodo de la Rothko Chapel, los trabajos de aquellos dos años anteriores a su suicidio. Obras que combinan todo el poder de fascinación de las primeras field paintings con una sobriedad, una concentración y una desnudez escalofriantes y definitivas.

Agotado, física y mentalmente exhausto, estaba cuando a las siete y media de la tarde me dieron una hora de plazo para visitar la otra exposición temporal, coger el metro y llegar a cenar. Me sobraron cinco minutos. Paradójicamente sería largo y difícil explicar aquí por qué esa exposición, que ocupa un espacio equivalente a la de Rothko pero que visité en treinta minutos, es sin duda una de la más inspiradas, tocantes, imaginativas, inteligentes y exaltantes que haya visitado en años. Quizás porque, a diferencia de Cildo Meireles, y como mis sufridos lectores saben bien, carezco del don mágico de expresar lo complejo de forma simple.




Intentaré hacerlo de todos modos, así como contarles el resto del(os) viaje(s) e ir saldando poco a poco nuestras cuentas pendientes. Pero eso será, probablemente, el año que viene. Sean buenos.

15 diciembre 2008

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No estaba muerto

estaba de parranda




El muerto vivo. Guillermo González Arenas

02 diciembre 2008

Fuori Orario

El otro día, valorando a las de dos de la mañana con unas compañeras las posibles perspectivas de una exposición titulada Culo y codo, me vino a la cabeza la historia de Enrico Ghezzi. Ghezzi es todo un personaje, crítico cinematográfico heterodoxo, programador de contenidos en ese refugio que es RAI3 en la tele italiana, director de Fuori Orario, uno de los programas más extraordinarios del mundo: Ghezzi suelta una parrafada improvisada a una videocámara digital, y a continuación proyectan películas del mudo, clásicos de la serie B, obras actuales que no encuentran distribución, tesoros escondidos en los archivos de la RAI, films incatalogables y descatalogados. Cine.

Lo conocí cuando vino a ver un trabajo de una horita que habíamos hecho en Home Movies, remontando las maravillosas películas caseras de la familia circense con más solera de Italia, los Togni. Organizamos una proyección en una galería, con experimentación musical en vivo, y pareció gustarle. 

Me habían contado antes una historia sobre su modo de trabajar, caótico e impulsivo. En medio de un viaje de norte a sur de Italia, se quedó adormilado en la parte trasera del coche. Abrió un ojo justo cuando pasaban por un pueblo perdido, que casualmente se llamaba Sacarríos (me lo invento, por desgracia he olvidado el que aparecía en la historia), y anunció: "habría que hacer un especial Fuori Orario con cosas que se sacan de los ríos". Se emitió un mes más tarde.

Por pura simpatía hacia el personaje me compré un libro que recopilaba sus críticas en revistas cinematográficas, sugerentemente titulado Paura e desiderio (Miedo y deseo). Resultó que Ghezzi era incapaz de distinguir entre sus apasionadas e inconexas peroratas y el lenguaje escrito, así que el libro era una gran mierda. Sin embargo, la contraportada (creo, lo dejé en Bologna al mudarme) contenía, a bocajarro, un arrebato genial: "No es el tiempo el que nos falta", escribía Ghezzi, "somos nosotros que fallamos al tiempo".

Así que ya ven, me acuerdo de Ghezzi en estos últimos días, en los que mi sombra fatiga a tenerme el paso. Ayer envié un trabajo cuatro minutos antes de que expirase el plazo de entrega, y una opción de futuro por correo certificado en el último día hábil. No estoy dispuesto a seguir así. Permanezcan atentos a sus televisores los próximos días, por si mi jefe y yo salimos en las noticias.

23 noviembre 2008

De la lengua

Por primera vez me encuentro utilizando la lengua gallega durante la mayor parte de mi tiempo. En el mejor de los casos, podría afirmarse que hablo y escribo un gallego meramente aceptable, de laboratorio, aprendido en la escuela y la televisión; una lengua fría, un instrumento de comunicación, no esa materia viva y pulsante que nos sirve para dar nombre (para dar vida) al mundo que nos rodea. La relación entre los signos y las cosas cuando uso esa lengua está desprovista de vínculos sentimentales, pervive si acaso una cierta fascinación por la arbitrariedad excéntrica de ciertas palabras: nembargantes*, cogomelo, laiar. Naturalmente mi ignorancia o mi falta de soltura no implica que tenga prejuicios contra el idioma; me gusta usarlo, del mismo modo en que me gusta usar cualquier otro idioma, e intento hacerlo con la mayor corrección posible, pero no lo siento particularmente mío.

Mi compañera de trabajo, con la que no termino de simpatizar, es sin embargo gallegoparlante. Un comentario suyo reavivó el otro día un conflicto que desde hace mucho tiempo tengo conmigo mismo y con los demás, un conflicto que reemerge de vez en cuando en forma de pequeñas broncas y que nunca he conseguido cerrar, porque nunca he tenido la competencia (histórica, filológica) para hacerlo, ni el interés en adquirirla. Asombrada por mis frecuente uso del diccionario a la hora de redactar comunicados de prensa, y resistiéndose a creer que la palabra correcta en gallego para celda era cela, exclamó con una mueca de desprecio: “Ah, pero ti usas galego normativo?”

La respuesta, por desgracia, es no; aunque lo intento, los textos que redacto contienen seguramente pequeñas irregularidades sintácticas, gramaticales, ortográficas. Errores que seguramente no impiden la comprensión, pero que a mí mismo me resultaría inaceptable encontrar en un texto ajeno escrito en otra lengua. Mi compañera carece de este tipo de remordimientos, con la despreocupación de áquel que considera la normativa una mera formalidad académica. Los documentos legales que redacta en gallego son a veces casi ilegibles, no ya por esa sintaxis aberrante y barroca propia de la práctica legal, sino por la absoluta arbitrariedad con la que utiliza expresiones y palabras incorrectas o directamente inventadas. Lo asume con naturalidad y despreocupación, y así parece(mos) hacerlo esa jauría que intercambia(mos) escritos más o menos oficiales, aparentemente sin la necesidad de cerciorar(nos) de nos destrozar la lengua (sí, la versión normativa de la lengua, o aquella que decidamos adoptar como tal) a cada frase.

27 octubre 2008

Un domingo cualquiera

El domingo por la mañana me acerqué un rato a la Carrera Popular de Santiago. Apostado en una esquina de la zona vieja, en el tramo final del recorrido, vi pasar a los corredores con una mezcla de envidia y entusiasmo, jugando a adivinar con qué grupo habría llegado si una inoportuna sobrecarga muscular no hubiese frustrado mi participación.

Por la tarde fui a ver la versión de La buena persona de Sezuán de Brecht por parte del Centro Dramático Galego. Hace tiempo, en Bologna, intenté abrirme al mundo del teatro y a sus manifestaciones más o menos vanguardistas a base de abonos de temporada con descuento de estudiante. Debo de tener un problema con el teatro en general, porque casi toda la programación me dejó en su momento indiferente.


El montaje de Brecht estaba bien resuelto, con un buen reparto y con iluminación y escenografía más que trabajadas. La introducción de números musicales y toques cómicos y un aceptable sentido del ritmo hicieron que no resultase pesada a pesar de los 175 minutos de duración, sino más bien entretenida. Sin embargo, si lo máximo a lo que podemos aspirar hoy en día de una representación del teatro más supuestamente antiburgués y vanguardista del siglo XX es que sea entretenida, lo siento, yo me bajo del barco.


Si queréis juzgar por vosotros mismos, aquí podéis encontrar información sobre la obra y las futuras fechas de representación por toda Galicia.

16 octubre 2008

Tiempo


Aquí no pasa nada,

salvo el tiempo:
irrepetible
música que resuena,
ya extinguida,
en un corazón hueco, abandonado,
que alguien toma un momento,
escucha
y tira.

Ángel González. Elegía pura.
















Feliz cumpleaños, mamá.


15 octubre 2008

Cerca del cielo (y III)

Hace años, en un pequeño estudio de radio, en la facultad, un profesor intentaba enseñarnos a elaborar reportajes radiofónicos. Escuchamos, a modo de ejemplo, un programa realizado hace años por RNE sobre una expedición al K2, en la que había muerto el alpinista Atxo Apellániz. Los autores reconstruían los hechos a base de música, efectos de sonido, recuerdos de los miembros de la expedición y, sobretodo, las grabaciones de las conversaciones mantenidas por radio entre Apellániz y sus compañeros en el campo base. Como ejercicio didáctico la clase no funcionó: el reportaje resultaba torpe en el uso de los recursos expresivos, poco eficaz en la narración. Como experiencia resultó traumática.

Los fragmentos de las conversaciones por radio, independientemente del montaje más o menos afortunado, emergían con una brutalidad insostenible. El relato se volvía más y más terrible a medida que Apellániz sucumbía al cansancio: su voz comenzaba a ceder, sus palabras perdían coherencia. Finalmente, casi agotada la batería de su radio, respondía con toques: dos significaban sí; uno, no. Es difícil explicar el dramatismo intolerable de cada uno de aquellos chasquidos. Salí conmocionado de aquel estudio, mientras la mayoría de mis compañeros bromeaba, y aún hoy me turba leer una simple transcripción de parte de aquel diálogo. No he querido volver a escuchar el programa de nuevo, pero deberíais encontrarlo aquí, o bajo estas líneas.



Años más tarde, con un espíritu y un tono muy distinto (irónico, pero también sorprendentemente empático), Nacho Vegas afrontó desde su particular óptica la locura implícita en las gestas del montañero. Cerca del cielo fue desde el principio mi canción preferida de un disco monumental. Aunque siempre pensé que se limitaba a afrontar un tema genérico, parece que Vegas la escribió pensando en el alpinista vasco Juanito Oiarzábal: recordman de ascensiones a ochomiles, inesperada estrella televisiva, personaje controvertido que encarna como nadie las paradojas de aquel universo.


La canción construye su propia mitología, entre el distanciamiento y la admiración, en la que la obsesión por la montaña se funde con referencias clásica y cristianas más o menos irónicas. Al ritmo solemne del piano, guitarra y batería, se une el órgano, grandioso y torturado, que se eleva hacia las alturas. La letra y la melodía juegan con lo absoluto y lo grotesco, hasta conseguir abrazar la tragicidad, absurda al tiempo que sublime, de un modo de vida extremo.