Mostrando entradas con la etiqueta música. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta música. Mostrar todas las entradas

29 diciembre 2009

Death, I'm not ready

En estos días pretendía retomar el blog para seguir con la no-tradición de escoger y comentar mis discos preferidos del año anterior (del anterior del que termina; del 2008 en este caso, vaya). No sé aún si a modo de actualización puntual, canto del cisne o retorno a las buenas costumbres.

Pero en esto, va y se nos muere Vic Chesnutt, y puntuar, clasificar y valorar música en la que seres como él se dejaron la vida y las entrañas parece menos divertido, más pueril y más estúpido. Si se me permite la incoherencia con lo apenas escrito, afirmaré que su anterior disco, el ya alabado por aquí North Star Deserter, me parece hoy más que nunca una de las obras que definen la década musical que termina; al menos, la mía. En este 2009, nos regaló dos discos desiguales, algo más irregulares, pero únicos, hermosos, dolorosos y ásperos, como todo en la vida de Vic Chesnutt.



El mejor resumen de su vida, impietoso, seco, sardónico e ilusionado, lo escribió él mismo aquí. La palabra coma aparece cuatro veces, no llegó a escribir una quinta.


Supongo que ahora sí estabas listo, Vic. Gracias por la música.

01 mayo 2009

Después

Siempre me han parecido sospechosas estas tardes de cielo límpido, brisa templada y calles vacías. Internet funciona, se oyen coches a lo lejos e intuyo movimiento tras algunas ventanas del edificio de enfrente, así que supongo que la vida sigue su curso allá fuera. Crisis financiera, cambio climático, pandemia.

La imagino así, tranquila y triste, la tarde después del apocalipsis: de una belleza rara y dolorosa. Quizás The End's Not Near no sea siquiera la mejor canción del álbum casi homónimo de The New Year, pero el día parece reclamar la melancolía serena de su melodía, la tranquila desesperación que destila la letra de Matt Kadane y ese último deslumbrante verso repetido hasta la total desolación: we're the saints who don't want to be found, the saints who don't want to be found. También, naturalmente, el precioso vídeo creada para la ocasión por Lee Daniel, habitual director de fotografía de Richard Linklater. Sabrán disculpar, espero, la lamentable calidad de la imagen.


14 abril 2009

Todo un mundo: Hold Time, de M. Ward

Aborrezco, detesto, temo casi, los viajes en autobús entre Santiago y Lugo: dos horas interminables de tedio e incomodidad. La última vez me tocó hacer el viajecito cuando ya había salido la luna: bosques fantasmales, una casita aquí y allí, en medio de la noche, los faros del bus iluminando la carretera vacía, oscuridad en el interior, la gente en silencio. Me quedé adormilado nada más arrancar; para cuando desperté quedaba una hora de camino, cogí los cascos de la mochila y me puse el Hold Time.

Medio dormido aún, parecía que afuera la oscuridad se animase poco a poco, adquiriendo formas nuevas y cambiantes. El disco de M. Ward construye un mundo y lo anima, lo dota de vida, de movimiento. Se trata de una obra tremenda, anacrónicamente cinematográfica: cada canción es al mismo tiempo una escena, una secuencia, una película entera, y todas juntas conforman un carrusel ilusionista, en el que se funden lo excesivo y lo concreto, el pasado y el presente, la fantasía y la realidad.


El misterio, la magia, la noche


Ward maneja con sabiduría todos los palos de la tradición americana: blues, country, folk, rock pasan por las manos sanadoras del maestro, y todos salen de ellas reinventados, revigorizados, redescubiertos. Sigue siendo un ilusionista con tendencia al exceso, un mago que disfruta tanto jugando con el tempo de la canción como con el tiempo histórico al que cada pieza remite. Nunca hasta ahora, sin embargo, la rendición del oyente a este truhán de la canción había sido tan placentera. No seré el primero que lo menciona, pero el vendaval rítmico que se lleva a Stars of Leo, una de las muchas maravillas del álbum (To Save Me, Oh Lonesome Me, For Beginners, todas, demonios), es una de las sensaciones musicales más gozosas en años.

Quizás porque, al menos así sucede en mi caso, es el primer disco de Ward en que cada nuevo movimiento de la canción, cada arreglo introducido, cada inflexión de la voz, cada armonía vocal, parece contemporáneamente gratuito e imprescindible. Se entiende intuitivamente qué hace ahí ese sonido inesperado, por qué irrumpen de repente los vientos o se dobla una voz, pero es inevitable preguntarse cómo demonios se le ha ocurrido inventar algo así. Aunque, en realidad, no da tiempo a preguntarse nada de esto: con cada canción el disco avanza imparable, delicada, mágica montaña rusa.

Y cuando acaba (y, ay, sí, quizás catorce temas sean algo excesivos, pero se hacen cortos) despiertas, ligeramente confuso y desorientado, como al salir del cine, como al bajar de una atracción de feria o al acabar un sueño. Algo tambaleante, el paso inseguro. Melancólico, instantáneamente nostálgico del lugar mágico que acabas de abandonar.





Descarga aquí.

01 abril 2009




I used to be darker

then I got lighter

then I got darker again



(...)

12 febrero 2009

-

Si David-Ivar Herman Düne no existiese, habría que inventarlo.


09 febrero 2009

Los 10+1 más mejores discos del 2007: caramba [y fin]

Llegamos (por fin: uno no es periodisto musical y se le acaban los adjetivos) a la conclusión de esta serie de posts. Nos vamos a ahorrar las reflexiones finales y la moraleja, suponiéndo que las hubiere. Se trata de música, al fin y al cabo; de la que nos gustaba ayer, la que nos gusta hoy y la que, quizás, nos gustará mañana. De los discos favoritos de hace un año algunos se han caído por puro agotamiento tras repetidas escuchas; otros porque un año después su discurso parece perder espesor y coherencia; otros, simplemente, porque no cabían. Con la noble intención de continuar dentro de 365 días este ejercicio inútil y onanista, dejo aquí constancia (boutade incluída) de cuales son, a día de hoy, mis muy discutibles 10+1 más mejores discos del 2008. Si pinchan sobre el nombre del disco pueden descargárselo de forma completamente (suponemos) ilegal, y así el año próximo debatimos.

The Wave Pictures - Instant Coffee Baby
Beach House - Devotion
Bon Iver - For Emma, Forever Ago
No Age - Nouns
Vampire Weekend - Vampire Weekend
The Dodos - Visiter
Mount Eeerie & Julie Doiron - Lost Wisdom
Arborea - Arborea
Klaus&Kinski – Tu hoguera está ardiendo
Destroyer - Trouble in Dreams
Times New Viking - Rip it off

Por el momento les dejo con el que, a estas alturas ya deberían intuirlo, es mi más preferido disco del 2007.

El más mejor disco del 2007 [hoy]

Eef Barzelay – Eef Barzelay

Descubrí el disco homónimo de Eef Barzelay (no se trata en realidad su debut en solitario, sino el segundo album tras la disolución temporal de Clem Snide) a las pocas semanas de haberse editado, pero tardó meses en convertirse en una presencia casi obsesiva en mi vida. A primera vista, el disco tenía un par de escollos que había que solventar para poder apreciar la obra en su totalidad. El primer escollo se titulaba Could be worse, y abría el album en clave rock con un riff arrollador y unos versos iniciales literalmente incendiarios: “Show me the bright side / and I'll look until my eyes catch fire”. El segundo escollo era también el segundo corte del disco, The Girls don't care, una pieza de elegante y agridulce perfección: desencantada, hiriente ironía, estribillo irresistible.

Me pareció durante cierto tiempo que este arranque avasallador agotaba el discurso del album. La enorme capacidad de Eef como compositor e intérprete daba lugar a dos canciones espléndidas, pero que se cerraban sobre sí mismas de manera asfíctica. El cinismo y el escepticismo parecían ahogar las posibilidades y el alcance de su música. Era necesario un esfuerzo por parte del oyente, una fe mayor de la que el propio Eef parecía tener, para adentrarse en el cancionero con el que el artista renegaba de su pesimismo y su incredulidad, para explorar con ligereza e ironía, pero también con ambición y temple, la muerte, el amor, la absurdidad grandiosa de la existencia.

Lentamente, con paciente parsimonia, el album despliega sus encantos. Habitamos siempre los terrenos de un folk rock vagamente lunático. La variedad de las percusiones dota de textura y riqueza las composiciones. La electricidad y la distorsión son administradas con sabiduría: las canciones se encienden a ráfagas, el control de la intensidad dramática es soberbio. Existe, sobre todo, una adecuación exquisita, una simbiosis casi, entre las composiciones de Eef, más o menos narrativas, más o menos líricas, y sus ropajes musicales. En la bellísima Apocalyptic Friend, por ejemplo, fondo y forma, historia y música, son prácticamente indiscernibles, necesariamente consonantes: sólo la riqueza de los arreglos, la interpretación de Eef, los coros y la estudiada distorsión hacen visible la deslumbrante belleza, épica, íntima, ligeramente irónica, de la pieza.

Se trata en el fondo de una idea conservadora: la adecuación estéticamente satisfactoria entre forma y contenido. Nada extraño, pues a pesar de su apariencia extravagante, de su gusto por lo sardónico, lo bizarro o lo decididamente ridículo, Eef Barzelay ha dado a luz un clásico inmediato, escrito con ingenio, producido con talento, cantado con maestría. Sí, cantado con maestría: poco tiene que ver la nasalidad de Eef, su seguramente imperfecta técnica vocal, con la maestría con la que exalta primero y quiebra después su voz para ensalzar unos versos aparentemente banales (“I wish I could go there right now / I wish I could touch you right now”) en la magistral True Freedom.

Nos acercamos poco a poco, con amargura casi, al final del album, y Eef parece haber perdido por el camino su coraza de cinismo e ironía. Las canciones han ido desnudándose al mismo tiempo, y las dos últimas piezas apenas sí precisan de la guitarra y la voz del artista para estremecer al oyente. Se hace el silencio y casi a capella, la acústica resonando a lo lejos, Eef susurra los últimos versos del disco: "death is just the moment / when the dying ends". Los repite, una vez, dos, y calla, como si temiera abrumarnos. Es tarde para eso: indeleble queda ya la huella de un cancionero espléndido, de una rara obra maestra.

30 enero 2009

A night with... The Wave Pictures

Sí, tengo muchas cosas pendientes, y no sólo (no precisamente) aquí. Pero es de nuevo urgente que me dirija ustedes, amigos lectores, para confirmar su presencia en el que será el concierto del siglo en Galicia. Notarán que escribo confirmar: no solicitar, fomentar o promover. A un concierto de The Wave Pictures, a 90 kilómetros de casa, un sábado, a 6 euros la entrada, se va y punto.

Qué voy a escribir de ellos que no haya(n) hecho ya? Si acaso que, por fin, los he visto en directo. Les dejaron tocar cuarenta, al máximo cincuenta minutos. En lugar de repasar a cascoporro las deliciosas canciones que contiene su disco de debut (escogido hace nada más mejor disco del año en un respetable foro del interné) los emplearon en sorprendernos con temas inéditos, versiones, oscuras caras b. Fue, huelga decirlo, un concierto espléndido.

No admito réplicas, discusiones o excusas. Mañana, pasado a lo sumo (las entradas están volando, la gente no es tonta) quiero que me confirmen si tienen previstas bodas, extirpaciones de amígdalas u otras causas de fuerza mayor que les impidan estar el 18 de Abril en Coruña. En caso contrario les quiero ver allí, reverenciando la música de esta enorme pequeña banda, de este néctar para masas, de este milagro pop.

Edito para añadir que el menda lerenda está asombrado barra encantado con su actual poder de convocatoria. Entradas en el buche.

27 enero 2009

Wilco

El tiempo urge, las entradas para su concierto en Santiago se agotan y yo tendría que estar durmiendo o produciendo, así que seré breve. No conozco otra banda en el mundo con una trayectoria en los últimos quince años como la de Wilco. Cinco discos magníficos (colaboraciones y directos a parte) y un repertorio abrumador, consolidado a lo largo de los años: un cancionero sin parangón en el rock contemporáneo, que les permite cambiar el guión prácticamente cada noche, sin altibajos, reinventándose a cada nota.

Nacida a raíz de la escisión de Uncle Tupelo, la banda ha ido mutando, cambiando de formación y discográfica, explorando nuevas estructuras y nuevos territorios sonoros bajo la dirección, dictatorial pero inspirada, de Jeff Tweedy. Progresivamente, Wilco ha enriquecido ese rock de raíces del que partieron allá por mediados de los noventa, ese alt country compacto del que presumían en A.M.. Ya el posterior Being There, disco doble eclético, complejo, ambiguo, daba muestras del inquieto trabajo de la banda: irresistibles perlas de tres minutos a guitarrazo limpio se alternaban con piezas más oscuras, o con gloriosos experimentos sonoros de seis minutos.

Fue sin embargo el tercer disco de Wilco, el delicioso Summerteeth, el que catapultó a la banda a un nivel decididamente superior en el que siguen instalados. Obra agridulce, frágil, inestable, acusada en ocasiones de superproducción, con una desnudez lírica que roza otras veces la pornografía emocional, Summerteeth es aún hoy su disco más pop, a un tiempo triste y soleado, por igual dulce y melancólico, inmediato y duradero.




Embalados artísticamente, Yankee Hotel Foxtrot se ve con perspectiva como otra obra mayor, a pesar de los problemas que rodearon su concepción: rechazo de la discográfica, ruptura de contratato, discusiones internas. Elegante, complejo, contundente, la paleta de Wilco se amplia con el disco, su repertorio crece, y se allana el camino para la segunda gran cumbre de su discografía. De hecho, A Ghost is Born es una cumbre a secas: una obra maestra cuyos primeros tres temas son respectivamente la gran llamarada guitarrera de lo que llevamos de milenio, un prodigio de delicada belleza a base de susurros y pianos, y una alucinada e inexplicable pieza krautrock. Tras semejante arranque, el album sigue indemne su camino, canción tras canción, hasta dejarnos sin aliento.

El por ahora último trabajo de Wilco es también su único (relativo) fracaso: tras la riqueza, variedad y complejidad de obras anteriores, Sky Blue Sky, sus melodías limpias, su tono soleado y transparente, parece suponer en cierto modo un pequeño paso atrás en la trayectoria siempre ascendente de la banda. Es también cierto que, a parte de resultar un disco globalmente más que digno, contribuye con al menos cuatro o cinco perlas a ese catálogo de cuarenta, cincuenta canciones a partir del cual Wilco compone su directo. Uno ha podido disfrutar del mismo en un par de ocasiones y se siente en condiciones de afirmar que Manolo García, acompañado por semejantes elementos, podría sonar como... En fin, seguiría sonando, temo, como Manolo García, pero el que aquí escribe estaría dispuesto a pagar para verlo; Dios sabe si esta no es una valiente declaración.

Lo suyo sería ponerles una radio, pero, como saben, tenemos ciertos problemillas de copirrai. Me he permitido hacerles un recopilata, obviando eso sí temas del A.M., que no tengo a mano. Las entradas, como he dicho, vuelan. Interesados aquí, o contacten con el autor. Gensanta, y yo que quería ser breve.

20 enero 2009

Ups!

Quizás se estén preguntando por qué demonios, para una vez que se me ocurre actualizar la radio del blog, las canciones se cortan a los treinta segundos. Investigando un poco he descubierto que mi querido servidor anda envuelto en pleitos por temas de copyright, derechos de autor y la letanía habitual. La parte demandante viene siendo en este caso, ejem, la Time Warner, una de las mayores multinacionales del planeta, lo que implica que

a) Las canciones publicadas por Warner introducidas en la radio son automáticamente convertidas en samples de treinta segundos. Así, a ojo, deben de tener en cartera un tercio de las bandas del mundo mundial.

b) El fundador de Imeem lleva unos meses sin aparecer por el trabajo. De su apartamento, dicen, salen de cuando en vez sonidos confusos de lloros y maldiciones.

Mientras decidimos si entrar en el asunto con todo el peso legal y mediático de nuestra poderosa organización, procuraré sustituir los temas en cuestión por otros más blog-friendly. Disculpen las molestias.

19 enero 2009

Los 10+1 más mejores discos del 2007: parte three [sic]

Vic Chesnutt – North Star Deserter

A pesar de sus veinte años de carrera discográfica, de discos más que notables, de colaboraciones y admiradores selectos, la historia personal de Vic Chesnutt, el personaje y sus fantasmas, parecía oscurecer hasta ahora su legado musical. North Star Deserter es una obra cuyos ecos resonarán aún cuando el mundo haya olvidado la azarosa vida de su autor. El disco no significa en modo alguno una ruptura con sus trabajos anteriores, pues la guitarra de Vic, su voz aguardentosa e imprevisible y su escritura agria, irónica, salvaje y sucia siguen siendo los ejes del discurso. Simplemente una conjunción afortunada de elementos lo catapultan a un nivel superior, el de los clásicos inmediatos. North Star Deserter es un disco de atmósferas, pero es también un disco de canciones: salvando las distancias, me viene a la cabeza el último gran Dylan del Time out of mind.

Aunque los temas saltan aquí del rock inflamado y ruidoso de Deebriefing a la desnudez árida de Warm, del pop sardónico y sin embargo hermoso de You are never alone al desafío exaltante en Everything I say, un cierto tono, una luz particular, quizás un estado de ánimo, unifican y potencian el conjunto. Es difícil dilucidar qué parte del mérito corresponde al artista, qué parte al conjunto extraordinario de músicos que lo arroparon durante las sesiones de grabación y qué parte en fin al productor (y autor además de la bellísima portada) Jem Cohen, que, no se lo pierdan, se gana la vida dirigiendo documentales. Aunque quizás tenga sentido, después de todo: North Star Deserter tiene la belleza hipnótica de las grandes obras cinematográficas, induce a una suerte de ensoñamiento contemplativo que nos distancia de la realidad de nuestro propio cuerpo y nos permite observarnos, asombrados, a través de la mirada de otro. Escalofríante.



Triángulo de Amor Bizarro – Triángulo de Amor Bizarro

Un mordisco en un ojo. Esa es, a bote pronto, la impresión que deja el disco de debut homónimo de Triángulo de Amor Bizarro. Uno, dos, tres temas, y a los nueve minutos el oyente está ya sin resuello; en parte por culpa de las líneas de bajo salvajes que cabalgan desbocadas al inicio del disco, en parte por la mezlca de carcajadas y ahogo con las que se acoge cada nuevo, sardónico e irreverente verso. Entonces, pista cuatro, arrancan los acordes prodigiosos de El fantasma de la Transición: imposible balada shoegaze, melancólica, misteriosa, mágica. Cuando uno tenía ya en la punta de la lengua toda la retahila – ruido, suciedad, ritmos brutales, Velvet, años ochenta, Kevin Shields, pedales, hipnósis, distorsión – los cabrones remezclan las cartas y presumen de corazoncito pop. Pop ramoniano en cualquier caso: dos acordes, a golpe de metrónomo, a ritmo de carga de caballería.

Imposible negarlo: hay un componente innegable de pura simpatía en la reivindicación de estos paisanos. Salen en las fotos mal vestidos y peor peinados, sus respuestas en las entrevistas destilan la misma mala leche de base surrealista que las letras de sus temas, dicen “follar”, Isa es adorable cuando canta o cuando chilla y, en general, Triángulo de Amor Bizarro supone un soplo de aire en el panorama musical estatal. Aire fresco, hubiésemos debido escribir, sólo que aquí se trata más bien de aire viciado, rarefacto, aire cargado de electricidad como ocurre a veces antes de las tormentas; aire macarra, decididamente macarra, si la imagen es admisible. Además, con su repetición obsesiva de frases absurdas que acaban por vaciarse de sentido al tiempo que se cargan de significado, con sus melodías simples, irresistibles, infecciosas, su acelerado disco de debut, treinta y tres minutos por reloj, demuestra que Triángulo de Amor Bizarro son buenos, muy buenos.



Feist – The Reminder

Muy a mi pesar y gracias a enormes dosis de empatía, puedo llegar a comprender que alguien prefiera escuchar un disco de (glups) La Oreja de Van Gogh en lugar de uno de Animal Collective. Lo que a mí me parece pop gozoso, inmediato e inteligente quizás resulte indigesto, desagradable y chillón para otros. Bien. Lo que nadie podrá explicarme, sin embargo, es por qué una persona en pleno uso de sus facultades mentales decide escuchar a Amaia Montero o a Conchita pudiendo escuchar a Leslie Feist. La canadiense no revolucionará la historia de la música popular, e incluso da cierto reparo dejar fuera de esta lista el folk psicodélico y alucinado de Six Organs of Admittance (perdona, Ben) para incluir su último trabajo.

Se rinde uno, sin embargo, a su voz versátil y al gusto exquisito con el que se permite devaneos que parten siempre del pop luminoso y agridulce y juguetean con el folk, la música de baile, las reminiscencias cabareteras, las múltiples resonancias de la música popular norteamericana de los últimos sesenta años. Termina de convencer su capacidad de vestir cada canción con los ropajes adecuados, gracias a una producción impecable, ingeniosa, espontánea, inteligente. Niña prodigio, adolescente hipersensible, inspirada chanteuse, todo en una y en ocasiones simultáneamente, acabaríamos por odiarla a poco que se tomase en serio a sí misma. Pero, ay, revitaliza a golpe de sintetizador una vieja canción popular (Sea Lion Woman), pinta de colorines una historia de desamor (1 2 3 4), no rehuye las baladas desnudas hasta el tuétano (The Water), disemina un gritito por aquí, unos coros por allá, póngame aquí unas palmas et voilà, una perla (I Feel It All). Escrito a salto de mata, grabado al parecer en una mansión a las afueras de París junto con amigos, The Reminder es un disco ambicioso, que camina a menudo por el alambre de la dispersión pero acaba por caer siempre de pie, fresco y lozano, merced a una última pirueta de pop de primera clase

12 enero 2009

Los 10+1 más mejores discos del 2007: parte two [sic]

Julie Doiron - I Woke Myself Up

Explíquenmelo, por favor. Cómo se hace para no reverenciar a una mujer que comparte letanías acústicas, confesiones íntimas y susurros en un escenario (y poco después en un disco extraordinario) con Mount Eerie, y que una hora más tarde agita la melena al viento - cabezazo va, cabezazo viene - mientras revive en directo el rock lo-fi de Eric's Trip, la banda con la debutó en el mundo de la música a principios de los noventa. Sin contradicciones, con naturalidad gloriosa; la misma con la que mezcla folk, pop, rock, desilusiones y optimismo, serenidad, ingenuidad, rabia y ternura en su último trabajo firmado en solitario. La acompañan en varias canciones, por cierto, sus compañeros de correrías de juventud, e incluso produce uno de ellos.

Así, inevitablemente, el disco suena más compacto e intenso de lo que suele ser habitual en ella. A las melodías de guitarra acústica y a su voz, ahora frágil ahora poderosa, se suma un soporte rítmico nada desdeñable, que llena de energía muchas de las canciones - algunas inesperadamente optimistas, otras escarbando aún en los remordimientos, la culpa o la nostalgia. Sin embargo, con banda o sin ella, Julie Doiron conserva el gusto por el boceto, por la cotidianeidad hecha canción, por las melodías apenas esbozadas que se pierden y se reencuentran. Y así, oscila sin complejos. con una falta de ambición engañosa y desarmante, entre la Kimya Dawson más naïf ( I left town) y la PJ Harver pre-canciones de naná (Don't Wannabe Liked By You). Asombrosa.


Little Wings - Soft Pow'r

Por suerte, el título que encabeza este post no se refiere para nada (sería ya el colmo) a los discos más grandes del 2007. Little Wings, por desgracia, hubiesen tenido que quedarse fuera de la lista. Proyecto musical del artista multidisciplinar (no, no aceptamos freak) Kyle Draws, Little Wings hacen música delicada y preciosa. Soft Pow'r, apenas siete canciones, es ante todo un manifiesto de amor hacia las cosas pequeñas, que emociona por su calidez, deslumbra por su ingenio y cautiva por su swing.

Primos lejanos de nuestros queridos Ben&Bruno (cuya ausencia en la lista se debe exclusivamente al post en exclusiva que les dedicamos; de otro modo la hubiesen encabezado) apuestan también por reducir al mínimo los elementos como base para sus canciones: guitarra, inspiradísimos juegos de voces, elegantes percusiones, pianos ocasionales. Sin embargo, allí donde aquellos se limitan a los territorios más o menos amplios del folk, Little Wings introduce inesperadas, tímidas pero encantadoras derivas hacia una especie de soul pastoral. Contenida e irresistible invitación al baile solitario, a arrastrar los pies con los ojos cerrados en habitaciones en penumbra. Música cuya desnudez acongoja, que de puro pequeña se vuelve enorme.




Panda Bear – Person Pitch

Hace tiempo que tengo en mente un experimento sociológico de importante relevancia cultural. Se precisa un coche, cuatro amigos sin particular inclinación hacia términos como tropicalismo, experimental, psicodelia o afropop, un reproductor de Cd's, el último trabajo en solitario del animal Noah Lennox. Con discreción y sin introducciones previas de ningún tipo, se desliza el Cd y se pone la tercera pista. Después, tras los doce minutos de delirio inflamado y feliz - pop pluscuamperfecto e irresistible - de Bros, se buscan las huellas de la felicidad en los rostros de la gente.

Brian Wilson con un cargamento de drogas, encerrado con una colección de LP's durante todo un fin de semana en una pajarería. Es una definición aproximada, poco original pero eficaz, de la imagen mental que evoca Person Pitch. Meter en una licuadora cantos gregorianos, ritmos latinos, electrónica, samples a discrección, voces, voces, más voces, ahora un gritito, y que en vez de un churro salgan al final composiciones de exactitud matemática y garantizado jolgorio. Panda Bear estimula con igual éxito el intelecto y las entrañas. Por un prodigio inexplicable de alquimia musical el oyente es consciente de la belleza, elegancia y complejidad de las piezas al mismo tiempo que se abandona a su sensualidad rítmica. Meses y meses más tarde se siguen encontrando prodigios inesperados en mitad de cada canción: diez, quince segundos, en los que parece revelarse el orden musical del universo.

08 enero 2009

Los 10+1 más mejores discos del 2007: parte one [sic]

The National. Boxer.

Curioso. Si me hubiesen preguntado hace un año cual de mis discos preferidos de aquel entonces dejaría de escuchar antes hubiese apostado por el cuarto LP de los de Ohio. Sonaba demasiado certero, demasiado inspirado, demasiado cercano a un cierto pathos e inmediatamente accesible como para suponerlo perdurable. Sin embargo, por el momento, sigo rindiendo religiosamente un par de escuchas mensuales a una colección de canciones que no deja de crecer, hasta superar al anterior y ya revelador Alligator.

Elegante, oscuro, vagamente siniestro, inesperadamente romántico, Boxer se sostiene ante todo en las variadas y ricas bases rítmicas de bajo y batería. The National alcanzan sus cotas más altas cuando la voz desastrosa y genial de Matt Berninger se pliega y se rebela a un tiempo a estos ritmos elegantes, urgentes pero contenidos. Lo consigue, por cierto, sorprendemente a menudo, y logra resultar de paso incomprensiblemente amenazante cuando se le supone seductor, arrebatador cuando canta al apocalípsis. Si además las guitarras más o menos afiladas se entremezclan con el protagonismo inesperado de teclados y metales, el resultado - Brainy, Fake Empire, Apartment Story, Start a War - no puede sino convencer y, sí, perdurar.




Port O’Brien – The Wind and the Swell

A punto estuve, ya en 2008 y al editar la banda su primer LP, de escribir un post anunciando que Port O’Brien habían perdido el rumbo. Podríamos discutir sobre la clase de monstruos en que nos ha convertido la red sidamos por acabada a una banda que acaba de sacar su primer disco, o debatir sobre si los coqueteos con los desarrollos progresivos setenteros de All we could was sing suponían un acierto o un lastre. El verdadero problema era que nada que hubiesen editado habría podido repetir esa conjunción astral que los llevó a juntar tamaña colección de piezas folk destartalado, canciones tocadas por la gracia divina del amateurismo inspirado, que llamaron The Wind and the Swell.

Resulta difícil de creer que el álbum es en realidad una recopilación de canciones de dos EP’s precedentes, y no producto de una tarde de resaca y café con los amigos, en una casa grande con vistas a la bahía. Las referencias marinas más o menos explícitas parecen inevitables a la hora de abordar (ven?) el album: Van Pierszalowski lo escribió en Alaska, donde pasaba largos períodos trabajando como marino. No obstante, las sensaciones que transmite son más génericas, más grandes, más ambiguas. Un sofa flotando hacia mar adentro, la música que suena mientras se aleja de la orilla; melancolía, distancia, soledad, amistad, recuerdo; prodigios cotidianos que se repiten, canciones que curan, pequeños milagros.




Animal Collective – Strawberry Jam

Con la de discos interesantes que se editan durante el año y sobre los que podríamos escribir aquí, quizás sería mejor lavarnos las manos como otros, meter a los animales y al panda en un pack y ahorrarnos un slot. Ya. Pero, me pregunto, acaso tienen ellos la culpa de estar pariendo continuamente los discos pop más bellos, inteligentes, divertidos, histéricos, complejos y abrumadores del último lustro? Animal Collective están llamados a convertirse antes o después, a poco que el universo tenga algo de ese orden musical que anunciaban los sabios, en un fenómeno de masas. Hace poco comentaba con alguien que su directo actual, en formato trío, es lo más parecido a una verbena de qualitè: una fiesta popular donde lo sagrado y lo profano se unen en un éxtasis colectivo. No hablo de drogas, por cierto.

Ah, el disco, sí. Del LP en su conjunto poco podría decirles; lo habré escuchado en secuencia tres o cuatro veces. Fireworks, en cambio, quizás la haya puesto veinte o treinta veces en una semana, al igual que Peacebone o For Reverend Green. Será que más que nunca los animales se dedican a fabricar perfectas gemas de pop psicodélico; o será que cada una de estas canciones contiene mil y unas pistas que nos invitan a adentarnos por senderos infinitos de voces, ruidos y melodías superpuestas, sin que por un segundo dejemos de sentir la inmediatez gozosa de la canción. Qué quieren, en ellas uno se pierde feliz.



Bishop Allen – The Broken String

Bishop Allen & The Broken String serían la excepción en el afán revisionista que mueve esta serie de posts. Hacía ya unos cuantos meses que no escuchaba el segundo largo de la banda, un conjunto de amables y burbujeantes canciones, resultado de un año compositivamente febril en el que editaron un EP por mes. Suenan de fondo mientras escribo estas líneas y me desvivo con el ecualizador, intentando que las melodías que salen de los altavoces se asemejen a la música cálida, inmediata, ligeramente tontuna, vagamente melancólica, asequible, definitiva y concienzudamente pop que me acompañó casi día tras día durante un año espantoso.

Quizás, una vez cumplida su función, el embrujo de Bishop Allen se haya desvanecido para siempre. Es posible que la euforia sin sentido de Flight 180, la energía de Rain, el encanto irresistible de Butterfly Nets y, en general, la magia que desprendía cada acorde y cada melodía no vuelvan a alcanzar cierto nivel sin el contrapunto de un determinado momento personal. Queda en cualquier caso un puñado de canciones estupendas, un trabajo increíblemente compacto en el que hasta las piezas voluntariamente menores suenan inspiradas, divertidas, felices. Un disco para mover los pies, corear los estribillos, esbozar una sonrisa y sentirse, momentánea e injustificadamente, un poco menos solos.

07 enero 2009

Los 10+1 más mejores discos del 2007 [sic]

Cada año, desde principios de diciembre, la prensa más o menos seria y todo hijo de vecino con blog que se precie se enzarzan en una competición por elaborar las más descabelladas y absurdas listas con lo mejor del año. Desde pequeñito soy alérgico a todo intento de encasillamiento; creo que me negaría a escoger un libro, una película, una comida o un #%¡# color favorito aunque me fuese la vida en ello. Y sin embargo, ay, cuando llegan estas fechas ojeo como todo quisqui los top50, 77 o 100, intentando averiguar que magnas obras de la industria cultural nos hemos perdido en el último año. Es concreto, la frivolidad implícita en eso que venimos llamando música popular pide a gritos listas de éxitos, toptens, mamarrachadas varias.

Qué demonios, he pensado, y me he concedido como regalo de reyes atrasado un par de horas para elaborar mi propia, churrigueresca lista. Eso sí, cutre y corto de reflejos que es uno, vamos a proceder, lentos pero seguros, con un año de retraso: comprobando si aquellos que a finales del 2007 estaba llamados a ser los enésimos nuevos Beatles han aguantado el tipo, si el hit ha hecho finalmente bluff, si hay que creerse o no el hype, si... En fin, creo que se entiende.

Quién sabe, a lo mejor iniciamos aquí una hermosa tradición, un nuevo ritual anual. Empecemos por recordar los 10+1 (ay, la originalidad como sobrevalorada virtud) discos editados durante el 2007 que, sosteníamos a finales de ese año, más mejor nos habían gustado:

Vic Chesnutt - North Star Deserter
Bishop Allen - Broken String
Los Planetas - La leyenda del espacio
Six Organs of Admittance - Shelter From The Ash
Arcade Fire - Neon Bible
Panda Bear - Person Pitch
Giardini di Miró - Dividing Opinions
Elvis Perkins - Ash Wednesday
Radiohead - In Rainbows
The National - Boxer
Richard Hawley - Lady's Bridge

Lo que nos queda es repasar, en un par de posts y doce meses más tarde, cuales son, ya sin ningún género de dudas, con convicción absoluta y total certeza, los 10+1 más mejores discos del 2007 [sic].

28 diciembre 2008

Milagros y moquetas

Aquí estoy, después de todo: sentado al borde de una cama, con los pies apoyados en genuina y antihigiénica moqueta inglesa, escuchando la última e inédita maravilla de la banda de pop más grande del planeta, pensando en como resumir estos últimos días. Con los viajes, exposiciones, conciertos y vivencias varias de semanas anteriores sedimentando aún, aguardando la acción selectiva, lenta pero meticulosa, de la memoria.

Me duelen los pies, eso es seguro. Ayer pasé el día en la Tate Modern, explorando un par de alas de la colección permanente, visitando las temporales, descubriendo el museo. Parando cada poco en la cafetería para un té, vagando frenéticamente por las salas a veces, contemplando obsesivamente algunas obras, dejando que la mente vague en frente de otras. Observando a la gente, escribiendo maniacalmente en una libreta garabatos indescifrables, leyendo novelas apoyado en cualquier esquina.



La tarde la dediqué casi por completo a una batalla interna entre el impulso irresistible de rendición sublime que me provoca desde años el trabajo del gran pintor místico del pasado siglo, y los reparos ideológicos (escrúpulos intelectuales es una forma alternativa e igualmente pomposa) que me produce tal rendición. Al final inclinan la balanza, como casi siempre, las obras finales de Rothko: sus (aparentemente) monocromos negros, los marrones y negros sobre gris, las pinturas del periodo de la Rothko Chapel, los trabajos de aquellos dos años anteriores a su suicidio. Obras que combinan todo el poder de fascinación de las primeras field paintings con una sobriedad, una concentración y una desnudez escalofriantes y definitivas.

Agotado, física y mentalmente exhausto, estaba cuando a las siete y media de la tarde me dieron una hora de plazo para visitar la otra exposición temporal, coger el metro y llegar a cenar. Me sobraron cinco minutos. Paradójicamente sería largo y difícil explicar aquí por qué esa exposición, que ocupa un espacio equivalente a la de Rothko pero que visité en treinta minutos, es sin duda una de la más inspiradas, tocantes, imaginativas, inteligentes y exaltantes que haya visitado en años. Quizás porque, a diferencia de Cildo Meireles, y como mis sufridos lectores saben bien, carezco del don mágico de expresar lo complejo de forma simple.




Intentaré hacerlo de todos modos, así como contarles el resto del(os) viaje(s) e ir saldando poco a poco nuestras cuentas pendientes. Pero eso será, probablemente, el año que viene. Sean buenos.

15 octubre 2008

Cerca del cielo (y III)

Hace años, en un pequeño estudio de radio, en la facultad, un profesor intentaba enseñarnos a elaborar reportajes radiofónicos. Escuchamos, a modo de ejemplo, un programa realizado hace años por RNE sobre una expedición al K2, en la que había muerto el alpinista Atxo Apellániz. Los autores reconstruían los hechos a base de música, efectos de sonido, recuerdos de los miembros de la expedición y, sobretodo, las grabaciones de las conversaciones mantenidas por radio entre Apellániz y sus compañeros en el campo base. Como ejercicio didáctico la clase no funcionó: el reportaje resultaba torpe en el uso de los recursos expresivos, poco eficaz en la narración. Como experiencia resultó traumática.

Los fragmentos de las conversaciones por radio, independientemente del montaje más o menos afortunado, emergían con una brutalidad insostenible. El relato se volvía más y más terrible a medida que Apellániz sucumbía al cansancio: su voz comenzaba a ceder, sus palabras perdían coherencia. Finalmente, casi agotada la batería de su radio, respondía con toques: dos significaban sí; uno, no. Es difícil explicar el dramatismo intolerable de cada uno de aquellos chasquidos. Salí conmocionado de aquel estudio, mientras la mayoría de mis compañeros bromeaba, y aún hoy me turba leer una simple transcripción de parte de aquel diálogo. No he querido volver a escuchar el programa de nuevo, pero deberíais encontrarlo aquí, o bajo estas líneas.



Años más tarde, con un espíritu y un tono muy distinto (irónico, pero también sorprendentemente empático), Nacho Vegas afrontó desde su particular óptica la locura implícita en las gestas del montañero. Cerca del cielo fue desde el principio mi canción preferida de un disco monumental. Aunque siempre pensé que se limitaba a afrontar un tema genérico, parece que Vegas la escribió pensando en el alpinista vasco Juanito Oiarzábal: recordman de ascensiones a ochomiles, inesperada estrella televisiva, personaje controvertido que encarna como nadie las paradojas de aquel universo.


La canción construye su propia mitología, entre el distanciamiento y la admiración, en la que la obsesión por la montaña se funde con referencias clásica y cristianas más o menos irónicas. Al ritmo solemne del piano, guitarra y batería, se une el órgano, grandioso y torturado, que se eleva hacia las alturas. La letra y la melodía juegan con lo absoluto y lo grotesco, hasta conseguir abrazar la tragicidad, absurda al tiempo que sublime, de un modo de vida extremo.


13 octubre 2008

The Wave Pictures: la extravagancia de lo normal

Visto que les debíamos un post a nuestro (y vuestro) nuevo e indiscutible grupo favorito, los colosales The Wave Pictures, íbamos a meternos en faena, pero resulta que hemos encontrado por ahí un largo, documentado e inspirado post sobre los mismos. No somos muy de corta y pega, y hasta nos da un poco de rabia citar profusamente una web cuyo snobismo contra-contra-contra-cultural nos gusta más bien poco, pero en este caso el artículo nace de la pasión por la banda y (creemos) consigue contagiarla. Y, qué coño, es imposible no compartir la quasi-baziniana y lapidaria conclusión del autor:
Dicho esto, Instant Coffee Baby es el disco del año.

Os dejamos con unos extractos del texto. Podéis leerlo entero (merece la pena) aquí; si conseguís hacerlo al tiempo que bailáis las irresistibles canciones del trío y berreáis sus letras, grabadlo y enviadnos los vídeos.

"(...) Hasta entonces todos los conciertos habían tendido al lleno sin apreturas, con más curiosos que seguidores, pero en el de la Islington Academy patrocinado por la revista Time Out, una especie de Guía del Ocio, era patente que habían superado algún punto crítico. En contraste con su público habitual, éste estaba lleno de críos y cazadores de tendencias, pero lo más asombroso era que una proporción notable se sabía las canciones. Todas. The Wave Pictures, ataviados con ropa gastada que nunca estuvo de moda, encostrada de yeso y pintura reseca (aún trabajan como pintores de brocha gorda), querían mantener las distancias. David Tattersal anunciaba en un intermedio que se sentían fuera de lugar, que el aspecto de su público les parecía absurdo, que dónde coño metían las carteras en esos pantalones, que ellos se vestían, como siempre, en la sección de caballero de Marks & Spencer.



(...) En una generación obsesionada con llamar la atención, la mayor excentricidad es ser normal. Los grupos jóvenes comprenden muy rápido que coexisten con millones dentro de un espacio minúsculo y creen tener que distinguirse del resto como sea, por todos los medios, fingen ser más raros de lo que son, buscan la formación rara, el traje raro, la actitud rara. The Wave Pictures son, por encima de todo, normales. Una normalidad rotunda y aplastante. Visten normal. Hablan normal. Tocan con guitarra, bajo y una batería a menudo incompleta después de años de tropezones con el cimbal en escenarios minúsculos. Sin pedales. Sin efectos. Sus influencias son los clásicos más recurrentes - Bo Diddley, Chuck Berry, The Velvet Underground, Bob Dylan, The Modern Lovers, y a menudo despreciados - Bruce Springsteen, Dire Straits, Status Quo, Creedence Clearwater Revival. Sus canciones en sol y mi menor. Cantan sobre tópicos, chicas, cigarrillos y alcohol, madrugadas y peleas de bar, y camas con olor a humo y sexo, y café, novias y padres de novias, y celos, rupturas, reconciliaciones, besos, traiciones, odio, rabia y rencor, y puedes estar seguro de que la mitad de esas letras que cantan con una emoción capaz de derretirte las rodillas y que parecen tener un vínculo común que tú crees íntimo, único, e indescifrable para el resto, son meras invenciones, de que Tattersall miente como un bellaco incluso cuando confiesa que “everyone that knows me knows I make up these stories”, de que todo es un juego brillante donde las palabras están al servicio de las canciones, por encima de la coherencia y la realidad. Están llenas de frases lapidarias, desconcertantes, homicidas, pero sobre todo suenan bien.



(...) Los temas y la forma de hablar sobre ellos es muy similar a Hefner o Herman Düne, va más allá de los temas o el lenguaje. Como ellos, The Wave Pictures actualizan una actitud característica de The Modern Lovers, el ansia, la perplejidad y la indefensión ante idioteces aparentes que no lo son en realidad, que nos afectan a todos por igual, pero que la mayoría reprimimos y racionalizamos para no volvernos locos. Ellos las purgan sin tapujos."


The Wave Pictures: Sophie

The Wave Pictures: Instant Coffee Baby

06 octubre 2008

[sic]

Contra más avanzaba el concierto de Los Suaves, más añoraba al bueno de Tim Harrington.



O de por qué hay formas y formas de perder la dignidad sobre un escenario.

05 septiembre 2008

Payaso triste, payaso alegre: Herman Düne

Nuestro plan maestro para reflotar este blog se apoyaba en esa conexión Herman Düne/The Wave Pictures que nos está regalando las mejores canciones pop de la década, y debía empezar con un post sobre el estupendo y raro disco de versiones de los primeros por parte de los segundos. Seguiría un profuso especial sobre el nuevo/último/primer LP de los Wave Pictures, y enlazaríamos, casi sin respirar, con un especial sobre los fantabulosos Herman Düne. Para entonces ya nos habríamos hecho con un hueco en el ciberespacio y con una nutrida legión de fieles lectores, de modo que podríamos abandonar este modesto plural mayestático y volver a escribir posts ampulosos e innecesarios con periodicidad trimestral.

Pero, ay!, el nuevo disco de Herman Düne circula ya por los vericuetos del ciberespacio, y el cuerpo nos pide comenzar nuestro diabólico plan por el final. Next Year in Zion se llama la nueva criatura, que escucho por segunda vez mientras escribo estas líneas. Así, a bote pronto, parece que los hermanos (definitivamente sin André) han vuelto a dar en el blanco: la riqueza y variedad casi barroca de Giant, con sus arreglos de inspiración inesperadamente soul, sus percusiones bizarras y sus perennes coros femeninos, conjugada con la urgencia compositiva, despreocupada y certera, de sus trabajos anteriores.

Las canciones de Herman Düne transpiran curiosidad e inteligencia. Su ironía es siempre cálida y afectuosa: ya sea a la hora de revisar las estructuras del pop añejo, del folk indie más desprejuiciado, del rock de (múltiples y diversas) raíces, ya sea en la escritura de esas letras que deambulan de lo confesional a lo humorístico, de la ternura al absurdo. De orígenes suecos, pasado americano, residencia francesa y espíritu nómada, su inglés es internacional, sus historias tan universales como personales e inconfundibles: pocos como ellos consiguen hacer reír a carjadas con una trágica canción de desamor, dejar un regusto agridulce tras una soleada gema pop.



Quede claro que este post no nos exime de las anunciadas entregas sobre los Wave Pictures y su conexión con nuestros amigos. Es más, en previsión de un futuro post ex profeso para Not on Top, el mejor disco de Herman Düne y una de las cumbres del pop destartalado de este milenio, nos limitamos a dejarles enlaces al inminente nuevo disco y al anterior. Peticiones de otros albums serán satisfechas con la acostumbrada prontitud.


Giant.


Next Year in Zion.




Herman Dune

09 agosto 2008

Russian Red

Russian Red (Lourdes Hernández en la cola del súper) ha sido la revelación patria del año. En un tiempo sorprendentemente breve, y con un solo disco en su haber, se ha recorrido media geografía española, de manera casi anónima al principio y llenando salas al final, ha tocado en el extranjero, y ha colado su rostro por todas partes y sus melodías en anuncios de helados.

Lo de la cara bonita habrá ayudado lo suyo, pero la clave del hype reside en las canciones a medio camino entre el folk íntimo y el pop juguetón de su debut, I love your glasses. Por encima de una producción aún mejorable, sobresalen las composiciones de Lourdes y, ante todo, su voz personalísima y prodigiosa.




Aunque sus inflexiones y piruetas vocales recuerdan a bote pronto a la Newsom y a otras damas del new folk, en directo comprobamos que lo más fascinante de nuestra chica es la capacidad de marcar el tempo de la canción desde el micrófono, con enorme y delicado sentido del ritmo y un sorprendente dominio escénico. Russian Red se presenta en directo con distintas formaciones, y si en el pasado Primavera Sound pudimos verla con la banda al completo, es probable que mañana en Coruña recurra al formato trío o dúo.

Una acústica, batería, piano, unas cuerdas quizá, cualquiera de estos ropajes se nos antoja apetecible. El caso es estar puntuales como un reloj: diez de la noche, pasadizo del Orzán, pub Rock&Roll. No sean vagos.

Myspace

I love your glasses LP