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03 mayo 2009

La belleza opaca

Cierra hoy la exposición de fotografías de Xosé Caruncho en la Casa da Parra, ese espacio expositivo semiclandestino y de delirante programación que vigila la Quintana. Visité la exposición un domingo como hoy, y las doce o quince primeras imágenes me entusiasmaron: qué hermosa reivindicación de la belleza de nuestra gente, de sus rostros marcados por el tiempo y el trabajo, de sus ropas, de su serenidad sólida y sabia, pensé. Qué cuidado trabajo de estetización, de dignificación a través la superficie visible de las cosas.

Fue hacia la mitad del recorrido que empezó el hastío, y con él las dudas. El proceloso trabajo con la cámara y con el revelado terminaba por dar lugar a una serie de imágenes opacas y planas aún en su perfección formal. Las personas y los lugares retratados se volvían indiferentes e intercambiables. El exceso estético provocaba que, como sucede a menudo en la imagen publicitaria, la mirada fuese incapaz de superar la superficie saturada de la fotografía, de establecer un contacto humano con los hombres y mujeres que nos miran desde ella.

Sería absurdo negar el formidable trabajo con el blanco y negro de Caruncho, o la belleza de esas imágenes, que nos recuerda incluso a ciertos trabajos de un retratista aclamado como Sebastiao Salgado. Sucede, sin embargo, que también en Salgado he observado a menudo un exceso, una saturación del componente estético de la imagen que va en detrimento del sentido de la misma. Tengo pendiente, al menos desde que hace un par de años visité una exposición suya en Santiago, una reflexión sobre por qué esas imágenes bellísimas que compone me dejan en ocasiones indiferente o levemente nauseado.

No sé si acierta Arthur C. Danto en el diagnóstico, y tengo aún más dudas acerca de que éste sea aplicable a mi desencuentro con las fotografías de Curuncho. Pero sí creo que en ambos casos un exceso de belleza, de una belleza superficial y opaca, bloquea cualquier intento de aprehensión emocional o intelectual del sentido de la imagen. En cualquier caso quería recuperar estos fragmentos ya en ocasión de la recensión de la novela de Roth. Escribe pues Danto, en El abuso de la belleza:

La conjunción de la belleza con la ocasión del dolor moral transforma en cierto modo el dolor, rebajando su gravedad en un ejercicio de liberación. Y como la ocasión de la elegía es pública, la tristeza es compartida. Deja de ser algo individual. Quedamos absorbidos en una comunidad de dolientes. El efecto de la elegía es filosófico a la vez que artístico: dota a la pérdida de cierto significado al distanciarnos de ella (...).

¿Es la modalidad elegíaca la mejor respuesta para una catástrofe política tan próxima? La distancia interpuesta por la belleza ¿no será acaso demasiado brusca? ¿Tenemos derecho moral a deshacernos en elegías por algo que no era en modo alguno inevitable ni universal ni necesario?

(...) La belleza no siempre es un acierto. Las fotografías de Sebastiao Salgado de una humanidad sufriente son bellas, como invariablemente lo es su trabajo. Pero ¿tenemos derecho a mostrar sufrimiento de maneras hermosas? ¿No implica acaso la belleza de su representación que su contenido es de un modo u otro inevitable, como la muerte?

03 abril 2009

El poeta y el folio en blanco

He pasado los últimos cuatro días batallando. Con palabras, ideas e imágenes de otros, primero; con mis propias ideas después y, en fin, de nuevo, con las palabras, mis palabras. Esta última batalla es siempre la más difícil y frustrante; no es la primera vez que habló aquí del insufrible tormento que me supone en ocasiones encontrar la frase exacta, el verbo adecuado, la forma correcta.

Terminado el suplicio, decidí dedicar un par de horas a una búsqueda bibliográfica para el siguiente trabajo. Y así, al abrir la primera de las publicaciones que me había llevado hasta la mesa de la biblioteca, topé de bruces con aquel milagro. Las palabras discurrían con fluidez, construían la idea con naturalidad. El estupor se transformó en renovada admiración (y un cierto alivio; quizás no todos estamos llamados a escribir así) al llegar al final del texto y comprobar que su autor era el poeta Angel González.

El pánico de la hoja en blanco, según Wolfganf (ay) Tillmans (Paper Drop)


Les dejó un fragmento. Verán que no es tanto lo que se dice sino la facilidad pasmosa con la que se escribe.
"Escribo de memoria, sin los cuadros delante. Los de Juan Navarro los recuerdas vivamente, y no por chocantes, sino por ser ellos vivísimo recuerdo de un lugar; hechos, pues, para hacerse recuerdo y enseñarnos así a recordar. Hacen presa en ti, como decía Duchamp de los de Matisse. Actúan sin ser vistos, en lo invisible.

No hay cuadro tan malo que no ilumine por un instante el mundo. Los hay incluso cuya luz dura mientras los miras. Pero no es cosa de pasarse la vida delante de ellos, como tampoco lo sería pasarla y comunicarla entre libros o músicas. La omnipresencia del arte en este mundo nuestro no lo hace más habitable, sino sólo más amueblado y tal vez por eso mejor defendido del poder de las tinieblas. El alumbrado público o la pantalla de televisión no prestan peores servicios. Y si los aficionados al arte se han vuelto tan tercos como los adictos a la televisión y no muy distintos de ellos, debe ser porque la mayoría de esas obras de arte no pueden dejar de ser vistas sin que las tinieblas se les revuelvan."

30 marzo 2009

La conjura del dolor: Elegía, de Philip Roth

"La vejez no es una batalla; la vejez es una masacre".

Elegía. Philip Roth

Animado por una vieja historia breve suya leída recientemente, me animé a retomar la monumental obra narrativa de Philip Roth. Primera paradoja: Elegía, traducción española del Everyman original, se queda con sus ciento cincuenta páginas lejos del promedio enciclopédico del escritor norteamericano. Segunda paradoja: ninguno de los personajes y alter ego habituales del autor aparece en el libro. Tercera paradoja: los avatares vitales del maltrecho (y, sí, podemos decirlo sin miedo al spoiler: difunto)anciano protagonista carecen de la ironía punzante habitual en Roth, pero también del aliento y la inspiración lírica, de la capacidad evocadora que permite justificar una vida entera gracias a un instante de plenitud revivido con dolorosa nitidez.

Construye Roth con destreza algunos episodios y personajes hermosos - la primera visita al hospital, aún niño; la pureza desarmante, casi mitológica, del hermano y la hija de nuestro protagonista; la bellísima, concisa, cruda microhistoria de Millicent Kramer; pero en ningún momento parece llevar con mano firme las riendas de la narración. Los perfiles de las personas y las cosas, los recuerdos y las sensaciones, se nos presentan borrosos, desdibujados, faltos del aliento vivificante de la inspiración. La novela sólo adquiere meticulosa, escalofriante exactitud, cuando Roth aborda la enfermedad, sus síntomas, declinaciones y tratamientos.

De hecho, da la impresión de que el escritor se aferra supersticiosamente a esta descripción minuciosa, como si al recitar concienzudamente los vocablos que acotan los dominios de la enfermedad se conjurasen sus efectos. Roth ha abordado siempre, y nunca con pudor, el dolor y la muerte, sus consecuencias trágicas pero también las más físicas y corpóreas. Jamás como ahora, sin embargo, (y pienso también en el Slowman de Coetzee, primo lejano de este Everyman) su literatura se había asemejado de este modo a una rendición ante el terror del fin y la banalidad de la existencia.



El amor, la muerte... dónde quedó la belleza? (Bellísimo Untitled (Perfect Lovers), de Félix González-Torres)

“Como siempre, a fin de mantener la mente ocupada en otra cosa, recordó la tienda de su padre y los nombres de las nueve marcas de relojes de pulsera y las siete de otros tipos de relojes de las que su padre era distribuidor autorizado; su padre no ganaba mucho dinero vendiendo relojes, pero los tenía en gran número porque era un artículo seguro y hacían entrar en la tienda a los transeúntes que miraban el escaparate. Lo que hacía con estos evocadores recuerdos durante cada una de las angioplastias era lo siguiente: desconectaba de las chanzas que los médicos y enfermeras intercambiaban siempre mientras llevaban a cabo los preparativos, desconectaba de la música rock que sonaba en la fría y estéril sala donde yacía sujeto a la mesa de operaciones en medio de la intimidante maquinaria destinada a mantener vivos a los pacientes cardíacos, y desde el momento en que se ponían manos a la obra, anestesiándole la ingle y punzándole la piel para la inserción del carácter arterial, se distraía recitando entre dientes las listas que de pequeño había ordenado alfabéticamente cuando ayudaba en la tienda al salir de la escuela (“Benrus, Bulova, Croton, Elgin, Hamilton, Helbros, Ovistone, Waltham, Wittnauer”), concentrándose en la forma distintiva de los numerales, en la esfera del reloj mientras entonaba el nombre de su marca, pasando del uno al doce y vuelta a empezar. Entonces comenzaba con los relojes de mesa y pared (“General Electric, Ingersoll, McClintock, New Have, Seth Tomas, Telechron, Westclox”), y recordaba el tictac de los relojes de cuerda y el zumbido de los eléctricos hasta que por fin oía anunciar al cirujano que la operación había terminado y que todo había ido bien. El ayudante del cirujano, tras aplicar presión a la herida, puso una bolsa de arena en la ingle para impedir la hemorragia y, con ese peso ahí, el paciente tuvo que yacer inmóvil en la cama del hospital durante las seis horas siguientes.”

19 marzo 2009

La mariposa

"... una obra de arte debe ser tratada como una obra de la naturaleza, y una obra de la naturaleza como una obra de arte".
J. W. Goehte. Campaña de Francia.

















"He estado intentando expresar conceptos en las alas de las mariposas que tengan que ver con nuestra percepción de las formas. (…) No tengo intención de mejorar en modo alguno el diseño de la Naturaleza. Tampoco intento convertir algo hermoso en aún más hermoso. Simplemente pretendo explorar las posibilidades y los límites del sistema biológico, creando (allá donde sea posible) formas diferentes que no son el resultado de un proceso evolutivo. Mi intención ha sido también la de crear mariposas únicas. (…) Cada mariposa modificada es diferente de las demás. Las formas nuevas nunca habían sido vistas con anterioridad en la Naturaleza, y rápidamente desaparecen de la Naturaleza para no ser vistas de nuevo jamás. Esta forma de arte tiene un arco de vida, el arco de vida de una mariposa. Es una forma de arte que literalmente vive y muere. Es simultáneamente arte y vida. Arte y Biología."
Marta de Menezes. Nature?



(A mi tío, coleccionista de mariposas, quien temo no apreciará particularmente esta propuesta artística, en el día de su santo)

18 marzo 2009

Raro

"...ese deseo de vivir que en nosotros renace cada vez que recobramos la conciencia de la dicha y la belleza."
Marcel Proust. A la sombra de las muchachas en flor.


Ya ves.

Me gusta correr cuando llueve y el viento te zarandea de un lado a otro. Resoplar por el esfuerzo y sentir que sale disparada la gota de lluvia que pendía de la nariz. Regodearme en la épica del trote borriquero por la ciudad en un día de perros.

Me gusta leer en las bibliotecas durante los días espléndidos de (pre)primavera. Acurrucarme en la fresca penumbra (hay focos en el techo y la sala está totalmente iluminada, pero la claridad del exterior es de un tipo radicalmente diverso, de una intensidad incomparable; y, es sabido, la percepción es relativa) y aislarme en un mundo puramente teórico, conceptual, controlable. Observar de soslayo el verdor de la hierba a través de las ventanas entreabiertas y volver de nuevo la mirada al libro. Salir sólo cuando cae la tarde, cuando las sombras se alargan hasta el hastío y el mundo se mueve despacio.

20 febrero 2009

El humor

"En ciertos momentos de silencio interior, en que nuestra alma se desnuda de todas las ficciones habituales, y nuestros ojos se vuelven más agudos y penetrantes, nos vemos a nosotros mismos en la vida, y a la vida en sí misma, casi con desnudez árida, inquietante. Nos sentimos asaltados por una impresión extraña, como si en un relámpago se nos revelase una realidad diversa de aquella que percibimos normalmente, una realidad que vive más allá de la vista humana, fuera de las formas de la razón humana.

Lucidísimamente entonces, el conjunto de la existencia cotidiana, suspendida casi en el vacío de nuestro silencio interior, nos parece carente de sentido, carente de objetivo. Y aquella realidad diversa nos parece horrenda en su crudeza impasible y misteriosa, ya que todas nuestras habituales relaciones ficticias de sentimientos e imágenes se han escindido y disgregado en ella. El vacío interno se extiende, sobrepasa los límites de nuestro propio cuerpo, se convierte en vacío a nuestro alrededor, un vacío extraño, como una pausa del tiempo y de la vida, como si nuestro silencio interior se hundiese en los abismos del misterio."
Luigi Pirandello. L'umorismo.



Karl Schmidt-Rottluff. Portrait of Emy, 1919.

17 febrero 2009

El gato

"La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre."
El gato negro. Edgar Allan Poe.

"Cuando odiamos a un hombre, odiamos en su imagen algo que se encuentra en nosotros mismos."
Damian. Herman Hesse.


Un gato maúlla afuera. Lleva semanas en el gran patio de luces de mi edificio; nunca lo he visto, pero oigo de cuando en vez su lamento espantoso. Su aullido parece provenir de una garganta humana, de la garganta de un hombre, en cualquier caso, que haya conocido el dolor, el frío, la desesperación, el hambre, los efectos terribles de la soledad.

Mi primer impulso es ignorar los lamentos desquiciados que se cuelan por mi ventana. Como no lo consigo pienso en lanzar algo de comida, pero sé que únicamente conseguiría atarlo más a ese lugar en el que evidentemente no consigue valerse por sí mismo. Qué sucedería cuando me ausentase durante días, semanas, para siempre?

Entonces deseo simplemente que se vaya, que desaparezca de la forma más discreta posible. Debería quizás deducirse de ello que no deseo sino su muerte y su silencio. Odio a ese animal que perturba mi vida con su dolor? Odio el sonido desgarrador que me inquieta, me entristece, hace mis noches más amargas? Odio acaso las formas oscuras que toma el eco de su queja en mi interior, los recodos angulosos y olvidados de mi ser en que rebota su aullido?

11 febrero 2009

Poe

" - (...) Por cierto que es un asunto muy sencillo y no dudo que podremos resolverlo perfectamente bien por nuestra cuenta, de todos modos pensé que a Dupin le gustaría conocer los detalles, puesto que es un caso muy raro.

- Sencillo y raro - dijo Dupin.

- Justamente. Pero tampoco es completamente eso. A decir verdad, todos estamos bastante confundidos, ya que la cosa es sencillísima y, sin embargo, nos deja perplejos.

- Quizá lo que los induce a error sea precisamente la sencillez del asunto - observó mi amigo.

- ¡Qué absurdos dice usted! - repuso el prefecto, riendo a carcajadas.

- Quizá el misterio es un poco demasiado sencillo - dijo Dupin.

- ¡Oh, Dios mío! ¿Cómo se le puede ocurrir semejante idea?

- Un poco demasiado evidente.

- Ja, ja! ¡oh, oh! - reía el prefecto, divertido hasta más no poder-. Dupin, usted acabará por hacerme morir de risa."

Edgar Allan Poe. La carta robada. (Traducción de Julio Cortázar)

01 febrero 2009

La(s) ciudad(es) de Gabriele Basilico

"Al llegar a una nueva ciudad el visitante reencuentra un pasado suyo que había olvidado que tenía. La extrañeza de lo que ya no eres o de lo que ya no posees te espera en el umbral de los lugares ajenos y no poseídos."

Italo Calvino. Las Ciudades Invisibles.


Tranquilos, no pienso en retomar mi antiguo proyecto de traducir e ilustrar las deliciosas ciudades invisibles de Calvino, aunque el haberme encontrado estos días con una horrenda versión en castellano invitaría a ello. El caso es que hoy cierra la sección lucense de Photo Galicia, y parecía necesario lanzar un tardío y reiterativo aviso para navegantes. Si el año pasado tuvimos el placer de disfrutar una muestra del trabajo de Sylvia Plachy, la Fundación Caixa Galicia acogía esta vez las obras, quizás no tan deslumbrantes pero igualmente magnéticas y cargadas de sustancia, de Gabriele Basilico.

Basilico retrata ciudades desde hace treinta años. Lo hace a través de fotografías en blanco y negro, tomadas en ocasiones desde las calles, a menudo desde torres o azoteas. Sus imágenes son aparentemente frías, distanciadas: una constatación minuciosa, objetiva, de la expansión imparable, ordenada o caótica, del tejido urbano.

Con su profundidad de campo constante y sus encuadres que oscilan entre la asepsia y la perspectiva levemente desquiciada, Basilico difícilmente contribuye a facilitar la lectura, la comprensión espacial y semántica de esos monstruos a los que llamamos ciudades. Huye de los tópicos iconográficos, y muestra su predilección por la periferia de Estambul, Lisboa o Moscú, en vez de por esos centros ampliamente inmortalizados por postales de siete a un euro. Tampoco me atrevería afirmar, salvo en casos concretos, que Basilico manifieste particular simpatía por estos espacios fronterizos, mutantes, por estos no lugares ansiosos por una definición.




Si acaso, en sus mejores imágenes, Basilico logra captar la potencialidad implícita en la impersonalidad de los espacios. Sus fotografías ofrecen la posibilidad de habitar y reordenar la ciudad con la imaginación; su renuncia a apropiarse de las ciudades a través de la cámara permite que seamos nosotros los que las habitemos, nos invita a leer en sus formas torturadas nuestra propia historia, hace posible que proyectemos en las calles, azoteas y descampados nuestra propia retícula espacial, el modo único e irrepetible en que nuestra experiencia nos ha enseñado a interpretar y vivir lo urbano. Quizás por eso, en cada una de las ciudades de Gabriele Basilico cada uno reencuentra aquella su ciudad.

08 diciembre 2008

Vuelvo a leer

"Parecerá curioso, pero el trabajo me gustaba, al menos al inicio. Me empujaba a razonar y a ver las cosas como nunca. En aquel primer periodo me imaginaba mi mente como una habitación oscura con muchas puertas. Me las apañaba mejor teniendo muchas abiertas. De vez en cuando abría aún más y dejaba entrar más luz, coqueteaba con la verdad. Si me parecía que alguien percibía mis observaciones o mis gestos como una vaga amenaza, cerraba todas las puertas menos una. Aquella era la posición más segura. Pero en general tenía abiertas al menos tres o cuatro. Esa imagen de la habitación oscura era una compañía asidua. Cuando hablaba en una reunión, me parecía ver como mis puertas mentales se abrían y se cerraban, y pronto llegué a saber controlar el flujo de luz entrante con una precisión milimétrica. Me dieron un aumento, después otro. Comencé a tener un rol concreto en la producción de espectáculos televisivos. Mientras tanto la vida con Merry procedía en la misma dirección, una mezcla de montaje violento y ternura levemente desenfocada. Pero con el tiempo empezó a abrirse camino otra cosa, como un susurro desesperado. Sucedía que llegaba tarde a casa de trabajar y me la encontraba sentada en el suelo con un sombrero en la cabeza intentando hacer un haiku. Me entristeció mucho descubrir que hacía este tipo de cosas incluso cuando estaba sola."


Don DeLillo, Americana. De la versión en italiano con traducción de Marco Pensante.

16 octubre 2008

Tiempo


Aquí no pasa nada,

salvo el tiempo:
irrepetible
música que resuena,
ya extinguida,
en un corazón hueco, abandonado,
que alguien toma un momento,
escucha
y tira.

Ángel González. Elegía pura.
















Feliz cumpleaños, mamá.


12 septiembre 2008

Apunte

"No acierto a ver qué ventaja evolutiva nos proporciona esta combinación: la combinación de insuficiencia de compresión intelectual y conciencia de que la compresión es insuficiente.

Eugène Marais, perteneciente a la primera generación que absorvió plenamente la teroría del darwinismo, se preguntaba en qué dirección evolutiva podría estar él mismo, apuntando si no podría ser un caso de mutación que no iba a prosperar y, en consecuencia, en este sentido podría estar condenado a la extinción. De hecho, las personas como Marais se preguntaban si el segmento de humanidad que ellas representaban, caracterizado por un desarrollo excesivo del intelecto, no sería un experimento evolutivo condenado, que trazaba una ruta que el conjunto de la humanidad no podía seguir y no seguiría. Así, su respuesta al interrogante planteado era que un aparato intelectual marcado por un conocimiento consciente de su insuficiencia es una aberración evolutiva.
"

J. M. Coetzee. Diario de un mal año.


17 agosto 2007

Verdades aún

" Aquello que habitualmente se dice, que la vida es una representación teatral, se demuestra sobre todo en esto, en que el mundo habla constantemente de una manera y actúa constantemente de otra. Siendo hoy todos actores de tal comedia, ya que todos hablan de esa manera, y casi nadie espectador de la misma, pues el vano lenguaje del mundo ya sólo engaña a los niños y a los memos, la representación se ha convertido en algo completamente inútil, esfuerzo y fatiga sin motivo.

Sin embargo, sería una empresa digna de nuestro siglo transformar la vida finalmente en un acto verdadero y no fingido, conciliando por primera vez en el mundo la famosa discordia entre dichos y hechos. Ésta, puesto que la experiencia adquirida nos demuestra que los hechos son inmutables, y no conviene que el hombre se afane en pos de lo imposible, habría de armonizarse a través de ese medio que es a un tiempo único y sencillísimo, aunque nadie hasta hoy lo haya puesto en práctica: esto es, trocar los dichos, y llamar por una vez a las cosas por su nombre."

Giacomo Leopardi. Pensieri.




En la imagen: fotograma de Un silenzio particolare, Stefano Rulli, 2004.

(Esta noche empiezo con los subtítulos).

17 julio 2007

Efigies y montañas

No recuerdo cuando empecè a considerar la escritura como una forma de sufrimiento. Podría no complicarme la vida, recurrir a Miguel Angel, y explicar que escribir es como hallarse delante de un bloque informe de mármol e intuir una forma en su interior: una forma preexistente que espera sólo (sólo?!) que alguien agarre un cincel, se remangue, y con esfuerzo y paciencia elimine lo superfluo hasta extraer el corazón delicado de la piedra, descubriendo una efigie que el artesano no podrá siquiera reclamar como propia, pues la efigie misma lo ha precedido y guiado en su trabajo.


Pero, en realidad, escribir es para mí como hallarse al pie de una montaña. Desde allí es posible contemplar la cima, distante y entre las nubes. Sabemos que está lejos, que será necesario un lento avance hasta conquistarla, pero todo esto lo sabemos de un modo abstracto e inconcreto. Desde abajo trazamos mentalmente un camino seguro hasta la cumbre; sin embargo, una vez que empezamos a caminar, la mirada se vuelve hacia el suelo y se concentra en cada uno de los guijarros del camino que serpentea. Mientras subimos fatigosamente, sollozando a cada paso, no parece que las piedrecillas del sendero guarden relación alguna con el trazado límpido que en nuestra imaginación nos conducía hasta lo alto de la montaña.

Nada de esto describe sin embargo lo que verdaderamente me sucede al escribir. Si acaso, lo más parecido sería descender en bicicleta – una de esas bicis resistentes, con amortiguadores y todo – por la ladera de una colina. Mientras estamos arriba y el viento nos refresca el rostro, la bajada parece una simple cuestión de voluntad: torcer a la derecha en vez que a la izquierda, escoger ese u otro sendero. Una vez que uno se lanza, y a medida que adquiere velocidad, todo se vuelve a la vez más sencillo y más confuso. Descendemos de prisa, de eso no hay duda, pero los atajos y las rutas que pensábamos seguir van quedando a la espalda o a los lados: es la colina la que determina nuestro camino.


Aunque, pensándolo bien, si pudiese en cierta manera definir la escritura sin pasar a través de la propia escritura – sin tener que plegarme a su tiranía – diría que escribir significa tratar de subir y bajar al mismo tiempo la montaña. Ahí radica la impotencia y la tortura.

22 junio 2007

Pasolini

Pier Paolo Pasolini murió hace casi treinta y dos años, de noche, asesinado, en un aparcamiento polvoriento de Ostia, no lejos de la ciudad de Roma. Se fue, como el último de los Buendía, ocupado en profetizar su propia muerte. Aunque antes o después publicaremos un especial de 48 posts sobre el más bello de los hombres, me apetece recordarlo en dos destellos.

Uno es el recuerdo de un párrafo de una mediocre entrevista a Bernardo Bertolucci que leí por casualidad hace unos meses. Bertolucci cuenta como una madrugada llamó a la puerta de su padre –el poeta Attilio Bertolucci, amigo y vecino de Pasolini- un hombrecillo de mirada febril, vestido con un traje oscuro y la compostura de un campesino, que visiblemente alterado quería discutir con el poeta sobre ciertos versos. El joven Bernardo tuvo el tiempo de cerrar la puerta con llave en las narices de un Pasolini atónito, antes de llamar a la policía.

Mi segundo recuerdo va a esa estrofa embrujada que encabezó el antecesor de este blog durante los meses que duró el experimento. Son los únicos versos que, sin pretenderlo, han quedado grabados a fuego en mi memoria, y así los transcribo y los traduzco.

Schiuma benché più fervida,
anzi felice,
questo fermento di tanta vita perduta
e troppo bella se ritrovata qui,
fuggevolmente e disperatamente,
in una terra che è solo visione.

Espuma aunque más ferviente,
feliz incluso,
este fermento de tanta vida perdida,
demasiado hermosa al hallarla aquí,
fugaz y desesperadamente,
en una tierra que es sólo visión.

Pier Paolo Pasolini (1922-1975). La religione del mio tempo.