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24 marzo 2009

Días extraños

El mundo se me va empequeñeciendo. Un malentendido, la nula voluntad del que escribe de desembolsar 95,95 machacantes y, voilà, proscrito en otro nuevo país. A este ritmo acabaré refugiado en las Antillas.

Por lo demás, Porto es una ciudad cuyos habitantes conducen hasta la playa los domingos por la mañana para leer el periódico en el coche mientras escuchan el mar que rompe en la orilla. No creo que, para bien o para mal, sea preciso añadir nada más.



La playa de Matosinhos, desde la Casa do Cha de Boa Nova, de Álvaro Siza.

10 febrero 2009

El día antes y el día después

Los días después de la fecha de entrega del periódico todo comienza de nuevo. Cojo hojas en blanco y trazo planes, ordeno papeles y distribuyo tareas. Despejo la mesa de trabajo de porquería acumulada durante los días de angustia, y hago lo mismo con el escritorio del mac. Cada clinc metálico con que la papelera acoge un archivo ya inútil libera un nudo de tensión en mi cuerpo; cada centímetro de mesa libre es una pequeña victoria frente al caos.

Aunque mi jefe se empeñó en alterar un día en principio apacible, el cielo transmitía hoy serenidad (me dicen sin embargo que negros nubarrones amenzaban afuera; que llovió, incluso, a ratos; que no era sino por contraste con la de ayer que la jornada parecía serena).

Cabalgo a lomos del desconcierto, el entusiasmo y el stress. Mañana parto hacia la capital del reino, donde me esperan días absurdos: exposiciones, ferias, trabajo a distancia, conciertos, conversaciones telefónicas, hipótesis imposibles sobre los metros de tela negra necesarios para oscurecer el mundo.

Les mantendré informados.



James Nizam. Dwelling Series #1

10 enero 2009

El absurdo sublime y viceversa: Guido van der Werve

“El artista holandés Guido van der Werve hace el tipo de películas con las que Caspar David Friedrich hubiese soñado si tuviese sentido del humor y acceso a una cámara. Cargadas con una atmósfera de melancolía, pérdida y soledad, centradas en compositores muertos y en formas de baile con siglos de antigüedad, pero encendidas por el amor hacia el piano y la comedia absurda.

(...) Tienen el tipo de sensibilidad que Jörg Heisser definió como Conceptualismo romántico: una condición de gozo voluptuoso que se superpone a la rigidez de la ejecución conceptual a la que Van der Werve está obviamente ligado, con sus planos severos y poliédricas referencias a la historia y el tiempo.”

Jennifer Higgie. Frieze Magazine.

Es posible ver en youtube reproducciones parciales y de baja calidad de la obra: aquí y aquí.



Nummer acht: Everything is going to be alright, la obra de van der Werve en muestra hasta hace pocos días en una pequeña sala a orillas del Támesis, juega efectivamente con muchos de los elementos a los que hace referencia el texto. La proyección, que ocupa una entera pared, consta de un único y genial plano fijo, rodado con teleobjetivo. El artista camina delante de un gran buque rompehielos, en algún lugar perdido en medio de la Antártida. La perspectiva engañosa fortalece la sensación paradójica que produce la imagen: la pequeña figura humana parece abrir camino a la nave, afrontando con mucha mayor facilidad – con delicadeza casi – el enfrentamiento con un medio hostil.

Naturalmente es imposible ignorar el carácter absurdo y delirante de la acción y, por extensión, de la pieza que la documenta y exalta. El plano frontal de un hombre abriendo camino a una máquina nos remite directamente, de hecho, al Keaton de The General, una de las cumbres de la slapstick comedy. van der Werve comparte en cierto sentido con el gran cómico mudo una concepción trágica y desesperada, una mirada hacia la grandeza humana, a su capacidad de superación y de trascendencia, que pretende ser a un tiempo inocente y desencantada.

La sensación de frente al film del artista holandés es, de cualquier forma y en primer lugar, de rendida admiración ante la belleza, física y conceptual, de la imagen. Sólo en un segundo momento, y a medida que transcurre la proyección, aletea de fondo la sensación, perturbante, de que tras lo sublime se esconde el absurdo.


30 diciembre 2008

London Chronicles

Qué sentido tendría, me pregunto, castigarles con un relato minucioso de los últimos días, con una sesión de fotografías nunca tomadas (bendito absentismo fotográfico), con un recopilatorio de variaciones mínimas sobre lugares comunes. Dejémoslo en una crónica en diecisiete fragmentos de por qué valió la pena:
  • Cinco chimeneas, de distintos colores y dispuestas asimétricamente, en un muro del East London, la mañana de Navidad.
  • El edificio del Natural History Museum visto desde el tunel del metro. Edificios inesperados.
  • Hacer la cena de Navidad, comer la cena de Navidad, beberse la cena de Navidad; gentes varias.
  • La Nativitá inacabada de Piero della Francesca, National Gallery.
  • Kingsland Road, Shoreditch, Whitechapel, The City, Southbank, Westminster, Soho, a pie: nueve millas, cinco horas, doce coches, siete personas, dos perros, ni un solo bus. Christmas Eve.

28 diciembre 2008

Milagros y moquetas

Aquí estoy, después de todo: sentado al borde de una cama, con los pies apoyados en genuina y antihigiénica moqueta inglesa, escuchando la última e inédita maravilla de la banda de pop más grande del planeta, pensando en como resumir estos últimos días. Con los viajes, exposiciones, conciertos y vivencias varias de semanas anteriores sedimentando aún, aguardando la acción selectiva, lenta pero meticulosa, de la memoria.

Me duelen los pies, eso es seguro. Ayer pasé el día en la Tate Modern, explorando un par de alas de la colección permanente, visitando las temporales, descubriendo el museo. Parando cada poco en la cafetería para un té, vagando frenéticamente por las salas a veces, contemplando obsesivamente algunas obras, dejando que la mente vague en frente de otras. Observando a la gente, escribiendo maniacalmente en una libreta garabatos indescifrables, leyendo novelas apoyado en cualquier esquina.



La tarde la dediqué casi por completo a una batalla interna entre el impulso irresistible de rendición sublime que me provoca desde años el trabajo del gran pintor místico del pasado siglo, y los reparos ideológicos (escrúpulos intelectuales es una forma alternativa e igualmente pomposa) que me produce tal rendición. Al final inclinan la balanza, como casi siempre, las obras finales de Rothko: sus (aparentemente) monocromos negros, los marrones y negros sobre gris, las pinturas del periodo de la Rothko Chapel, los trabajos de aquellos dos años anteriores a su suicidio. Obras que combinan todo el poder de fascinación de las primeras field paintings con una sobriedad, una concentración y una desnudez escalofriantes y definitivas.

Agotado, física y mentalmente exhausto, estaba cuando a las siete y media de la tarde me dieron una hora de plazo para visitar la otra exposición temporal, coger el metro y llegar a cenar. Me sobraron cinco minutos. Paradójicamente sería largo y difícil explicar aquí por qué esa exposición, que ocupa un espacio equivalente a la de Rothko pero que visité en treinta minutos, es sin duda una de la más inspiradas, tocantes, imaginativas, inteligentes y exaltantes que haya visitado en años. Quizás porque, a diferencia de Cildo Meireles, y como mis sufridos lectores saben bien, carezco del don mágico de expresar lo complejo de forma simple.




Intentaré hacerlo de todos modos, así como contarles el resto del(os) viaje(s) e ir saldando poco a poco nuestras cuentas pendientes. Pero eso será, probablemente, el año que viene. Sean buenos.

26 diciembre 2008

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"... So I pull my collar up and face the cold,

on my own..."



22 diciembre 2008

Futuro?

Entre unas cosas y otras, he pasado otra semana sin actualizar ni aquí ni allí. Me estoy planteando cerrar una de estas dos ventanas al mundo. Xanaz nunca ha tenido utilidad alguna: es, como el noventa por ciento de la web 2.0, puro onanismo virtual. Rumore Bianco nació, sin embargo, con un propósito preciso: servir como agenda y crónica de algo que podríamos llamar [escalofríos] ocio cultural, una agenda y una crónica personal que aspiraban a tener una cierta utilidad.

Xanaz se dirige esencialmente a nadie y a todo el mundo. Rumore Bianco nació pensada para aquellos que comparten en mayor medida mis coordenadas vitales: gente a la que conozco y gente a la que no, pero que comparte un cierto lugar en el mundo y, quizás, unos intereses. Xanaz no ha tenido desde el principio la más mínima repercusión o seguimiento; Rumore Bianco, sin lectores más o menos habituales, carece de sentido.

No parece probable que los próximos días sean propicios para frecuentes actualizaciones. Después de un agotador fin de semana madrileño, con nueve conciertos y siete u ocho exposiciones, que acabaremos comentando por aquí; después de miserias laborales varias; después de un retorno a los estudios en parte ilusionante en parte frustrante, en unos días me espera la fría y pérfida Albión. Meditaré durante el viaje qué hacer con Rumore Bianco, cómo integrar en Xanaz la función de agenda que estaba llamado a cumplir.

A la vuelta, quizás les cuente que se siente después de meterse entre pecho y espalda sendas retrospectivas sobre dos de los artistas más extraordinarios del siglo XX.

01 octubre 2008

Ó norte do norte






















Las fotografías corresponden a nuestra última excursión veraniega: Estaca de Bares, Porto de Bares y alrededores. Recomendabilísima visita, por supuesto, incluso para un fin de semana soleado de principios de otoño. Muy cerca, camino de O Vicedo, se encuentra una ruta de senderismo igualmente recomendable: una larga caminata por senderos casi invisibles junto al río primero, un retorno más sencillo por pistas rurales después.

17 junio 2007

De viaxe

Ás veces as cousas son tan fermosas que abonda con saca-la maquina fotográfica pola xanela do tren e deixar que o mundo fale.










































En tren, unha mañá cedo, dende Bologna a Torino, cos Alpes ó fondo.

08 junio 2007

Odisea


1

El domingo al mediodía, después de tres días de parranda en Barcelona, escribo una nota para Berta, que duerme la mona en la otra habitación: me voy a turistear, escribo, quedamos luego para comer y despedirnos. Pequeño control antes de salir de casa: falta el DNI. Don´t panic, lo tendrás por alguna parte, no la despiertes para esto.

Busco y no aparece, así que don´t panic, pero empieza a despertarla y que te busque en Internet los números del aeropuerto, del forum, de la policía nacional, los mossos, la guardia suiza. En el servicio telefónico de AENA una serie de voces electrónicas se dedican a sedarme hasta que una señora en carne y hueso (más carne que hueso, me parece intuir) me sacude: pos’ sin Dni va’star jodiíllo pa’ subir al avión, majete.

Don´t panic, pero cuan potro con petardo en el culo vuela hasta el forum mientras sigues intentando movilizar Barcelona un domingo a mediodía. Cinco paradas y dos conversaciones con jefes de estación de metro más tarde llego al Forum. Parece una playa enfrente a la cual naufragó un barco la noche anterior: escombros y mierda por todas partes, una guardia jurado vigilando que nadie se lleve los restos del desastre. La producción está comiendo, y cuando la producción come no se la molesta, me explica, vuelva a las cuatro.

Las cinco paradas de metro de vuelta se me hacen más cortas, ocupado como estoy en defecar sobre los ancestros venerables de la producción, la guardia jurado y la virgen de Montserrat. Alguno de mis nuevos amigos telefónicos (un policía de Terrasa, me parece) me sugiere que lo intente con una fotocopia del Dni enviada por fax. Mientras mi madre rebusca en los cajones –don’t panic, mom- cojo las mochilas en casa de Berta, me despido con un beso de tornillo en medio de la confusión e inicio un trote ligero –hop, hop, hop- hacia la Estació del Nord. Obviamente entro por abajo mientras las taquillas están arriba, hago jurar al busero que me espera, subo y compro el billete para el aeropuerto. Arrancamos.



2

Tras una hora y media con los dientes que castañean por el aire acondicionado llegamos al aeropuerto de Girona. Me dirijo al mostrador de Ryanair ensayando mi mejor sonrisa de chico bobo pero de buen corazón. Me atiende una chica joven y suramericana, muy amable, que me torea con gran desenvoltura; me pongo pesado y se ofrece a llamar al responsable. Me digo que es la primera vez que hablo con un responsable de algo, y me siento importante, como los viajeros airados que lideran las revueltas durante las huelgas de Agosto en Barajas.

La responsable es aún más joven, pero española. Mentalmente la bautizo como Mendy (una improbable Mendy catalana) ojos-de-hielo. Apenas la veo se me cae el alma al suelo y comprendo que no cogeré ese avión. Me sabe mal, repite todo el tiempo, si al menos tuvieses el pasaporte. Si lo tuviese estaría en la cola de embarque y no aquí, cacho zorra, pienso (a estas alturas mi cerebro ha clasificado como fútil toda sutileza mental). Ciertas cosas no pueden decirse a un responsable, así que callo y asiento.

Don´t panic (not too much). Con la mano izquierda compro el billete de vuelta a Barcelona, con la derecha llamo a Berta y le pido que me mire horarios de buses y trenes, y agitando la pierna izquierda llamo la atención de un par de Mossos que se pasean por el aeropuerto. Hago la correspondiente denuncia, en castellano y catalán, y armado con una copia color salmón cojo el bus y vuelvo a Barcelona.


3

Llego a la Estaciò Nord. El único autobús para Italia del día ha salido hace veinte minutos. Respiro hondo, gasto el último viaje de mi abono de metro en acercarme hasta França y pruebo suerte con el tren nocturno. Quedan billetes, me informa la señorita. Pero, puntualiza cuando me dispongo a abalanzarme sobre ella jurando amor eterno, sólo en cabina doble especial. Pregunto el precio. Cuesta algo más que los billetes de avión ida y vuelta a Barcelona que había comprado con sólo una semana de antelación. Sopeso las alternativas, caigo en la cuenta de que no hay alternativas, compro el billete. El desayuno cinco estrellas está incluido en el precio, añade, pero la llama que había encendido en mi corazón parece apagada para siempre.

Me como un bocadillo, primer alimento ingerido desde la noche anterior, y a las 20:15 de la tarde del domingo me instaló en mi cabina doble. Aceptan mi copia de la denuncia como única documentación, el tren arranca, sale de la estación y se aleja de Barcelona, camino de la frontera.

Durante la noche, tratando de dormir, noto que el tren permanece parado más de lo normal. No le doy importancia y me entrego a un sueño vehemente, cargado de pesadillas. Me levanto a las ocho, en una hora deberíamos llegar a Milán. Camino del vagón-restaurante observo que el móvil está conectado aún a una compañía francesa. Me siento, el camarero me informa de que se rompió la locomotora en Francia, hemos acumulado un retraso de cuatro horas, que han conseguido reducir a dos y media. Pierdo el avión, pienso, y el desayuno cinco estrellas se queda en algún lugar entre mi traquea y la boca del estómago.


4

Esta historia podría proseguir aún durante algunas páginas. Un retraso final de dos horas en Milán, una carrera desesperada hasta las taquillas, un tren para Bologna cogido por los pelos. Llegar a casa, con cincuenta minutos de margen para distribuir tres años de vida en dos maletas y dos mochilas: la mitad para llevarse, la mitad para recoger en Julio. Más carreras, un autobús al aeropuerto, el viejo y escuálido truco de esconder la mochila con 20 kilos durante el check-in para luego subirla como equipaje de mano.

Un paréntesis tragicómico: una familia que intenta superar los controles de seguridad con una bolsa que contiene una garrafa con cinco litros de aceite de oliva, una botella de whisky de 12 años, un juego de cuchillos de sierra, un bote de lejía. Despegue, aterrizaje, repetir escuálida operación. Cuatro horas en Barajas, más bocadillos. Despegue, aterrizaje, taxi.

Esta historia acaba, a la una y media de la mañana de la madrugada de lunes a martes, en una plaza de la zona nueva de Santiago, tras 36 horas de viaje, tres autobuses, dos trenes, dos aviones, un taxi, una cantidad indeterminada de bocadillos y ninguna ducha. Podríamos considerarlo un final feliz.


04 mayo 2007

Milán (y III): Maggie Cardelús

Salgo a la calle tras siete horas consultando microfilms en una biblioteca universitaria desierta; sin que me diese cuenta el cielo se ha vuelto negro y amenaza tormenta. Antes de coger el tren de vuelta a Bologna, y a pesar de las tres exposiciones del día anterior, me concedo una última visita a una de las pocas galerías abiertas el puente.

Después de media hora la encuentro, escondida al interno de un viejo palazzo. Descubro que los lunes abren sólo con cita previa, pero se apiadan de mí y me dejan entrar. Fuera estalla la tormenta y caen del cielo gotas grandes como guijarros.

Maggie Cardelùs trabaja normalmente recortando imágenes fotográficas de su archivo personal y recomponiendolas en estructuras tridimensionales. Esta vez, sin embargo, la obra que presenta en la galería es una instalación: 18.000 fotografías hechas durante los diez años de vida de Zoo, proyectadas a doce imágenes por segundo, en un orden semialeatorio, respetando la secuencia al interno de cada rollo de película pero alterando la sucesión cronológica de éstos.

Podría parecer un experimento gratuito y puéril, pero en esa habitación vacía y en penumbra, solo frente a un literal bombardeo de imágenes, la sexta sinfonía de fondo en una versión extrema e irreconocible que mima el lamento doloroso del paso del tiempo, uno roza verdaderamente un pedazo de vida sin poder aferrarla, se ve empujado continuamente dentro y fuera de un torbellino de visiones íntimas e impalpables.

Un gato entra por la puerta, mojado, asustado por la tormenta. Mientras las imágenes se deslizan por la pantalla se restriega contra mi pierna, una, dos veces, gira y se va.

03 mayo 2007

Milán (II)

Que mis últimas visitas a Roma y Milán hayan coincidido con dos exposiciones italianas de Paul Klee es un pequeño resarcimiento de los dioses por un año de mierda. Sólo en Picasso y Klee, de entre todos los protagonistas de las vanguardias históricas, reencuentro una y otra vez, en formas siempre nuevas, el afán por la compresión y el placer de la invención. Incluso las obras de los periodos más oscuros de la vida de Klee –años de guerra, enfermedad, exclusión- desprenden una dulzura quimérica, una forma alta y noble de empatía.


Creo que los niños reaccionan mucho más naturalmente a ciertas propuestas del arte del último siglo, libres de prejuicios e impulsados únicamente por un innato espíritu lúdico. En Roma, estas Navidades, mientras visitaba la exposición de Klee en la Fondazione Memmo, coincidí con un grupo de críos ingleses de siete u ocho años, acompañados por dos maestras y una guía del museo. Se movían despacio, escuchaban primero en silencio, se atropellaban después para responder, miraban los cuadros con ojos grandes como platos. Si estabas verdaderamente atento podías oír un murmullo que salía de la boca de los payasos, de los ogros, y de los animales fantásticos diseñados por Klee y llegaba hasta el oído de algunos de los niños. Pero, por mucho que te esforzases, era imposible entender sus palabras.





01 mayo 2007

Milán (I)

Con el pretexto de consultar algunos libros en la IULM pasó un par de días en Milán, última concesión antes de un período de completa dedicación a la tesis. Encuentro un hostal no lejos de la estación a un precio ridículo y con no demasiada mala pinta. Las cosas se tuercen por la noche. Me dispongo a bajar las persianas, visto que casi todos están ya en sus camas, leyendo o intentando dormir. A mitad de tan delicada operación la persiana emite un quejido y se niega a seguir bajando. Enfrente de nuestra ventana una farola brilla alegremente e inunda de luz la habitación.

Hace un año, en un cuchitril romano cerca del Vaticano, dos de la madrugada. Cede la litera en la que trato de dormir, ignorando la orgía que está montando al otro lado de la pared una comitiva de adolescentes nórdicos, y caigo encima de una chica belga. El novio se levanta de un salto de la otra litera clamando venganza. El inglés que trabaja en recepción oye el estruendo y entra en la habitación, completamente borracho, justo a tiempo para salvar mi vida. No hay camas libres, así que coloco los listones de madera rotos como puedo e intento dormir.

Si os halláis alguna vez en una ciudad extraña, en una habitación repleta de desconocidos que desean vuestra muerte y veis brillar sus ojos sedientos de sangre en la oscuridad mientras conspiran contra vosotros, quizás os consuele aferrar con fuerza el móvil, un zapato o algún otro objeto contundente. Saber que en el peor de los casos te llevarás por delante alguno de ellos ayuda a conciliar el sueño.