28 enero 2009



Miguel Muñiz. Bosque.

27 enero 2009

Wilco

El tiempo urge, las entradas para su concierto en Santiago se agotan y yo tendría que estar durmiendo o produciendo, así que seré breve. No conozco otra banda en el mundo con una trayectoria en los últimos quince años como la de Wilco. Cinco discos magníficos (colaboraciones y directos a parte) y un repertorio abrumador, consolidado a lo largo de los años: un cancionero sin parangón en el rock contemporáneo, que les permite cambiar el guión prácticamente cada noche, sin altibajos, reinventándose a cada nota.

Nacida a raíz de la escisión de Uncle Tupelo, la banda ha ido mutando, cambiando de formación y discográfica, explorando nuevas estructuras y nuevos territorios sonoros bajo la dirección, dictatorial pero inspirada, de Jeff Tweedy. Progresivamente, Wilco ha enriquecido ese rock de raíces del que partieron allá por mediados de los noventa, ese alt country compacto del que presumían en A.M.. Ya el posterior Being There, disco doble eclético, complejo, ambiguo, daba muestras del inquieto trabajo de la banda: irresistibles perlas de tres minutos a guitarrazo limpio se alternaban con piezas más oscuras, o con gloriosos experimentos sonoros de seis minutos.

Fue sin embargo el tercer disco de Wilco, el delicioso Summerteeth, el que catapultó a la banda a un nivel decididamente superior en el que siguen instalados. Obra agridulce, frágil, inestable, acusada en ocasiones de superproducción, con una desnudez lírica que roza otras veces la pornografía emocional, Summerteeth es aún hoy su disco más pop, a un tiempo triste y soleado, por igual dulce y melancólico, inmediato y duradero.




Embalados artísticamente, Yankee Hotel Foxtrot se ve con perspectiva como otra obra mayor, a pesar de los problemas que rodearon su concepción: rechazo de la discográfica, ruptura de contratato, discusiones internas. Elegante, complejo, contundente, la paleta de Wilco se amplia con el disco, su repertorio crece, y se allana el camino para la segunda gran cumbre de su discografía. De hecho, A Ghost is Born es una cumbre a secas: una obra maestra cuyos primeros tres temas son respectivamente la gran llamarada guitarrera de lo que llevamos de milenio, un prodigio de delicada belleza a base de susurros y pianos, y una alucinada e inexplicable pieza krautrock. Tras semejante arranque, el album sigue indemne su camino, canción tras canción, hasta dejarnos sin aliento.

El por ahora último trabajo de Wilco es también su único (relativo) fracaso: tras la riqueza, variedad y complejidad de obras anteriores, Sky Blue Sky, sus melodías limpias, su tono soleado y transparente, parece suponer en cierto modo un pequeño paso atrás en la trayectoria siempre ascendente de la banda. Es también cierto que, a parte de resultar un disco globalmente más que digno, contribuye con al menos cuatro o cinco perlas a ese catálogo de cuarenta, cincuenta canciones a partir del cual Wilco compone su directo. Uno ha podido disfrutar del mismo en un par de ocasiones y se siente en condiciones de afirmar que Manolo García, acompañado por semejantes elementos, podría sonar como... En fin, seguiría sonando, temo, como Manolo García, pero el que aquí escribe estaría dispuesto a pagar para verlo; Dios sabe si esta no es una valiente declaración.

Lo suyo sería ponerles una radio, pero, como saben, tenemos ciertos problemillas de copirrai. Me he permitido hacerles un recopilata, obviando eso sí temas del A.M., que no tengo a mano. Las entradas, como he dicho, vuelan. Interesados aquí, o contacten con el autor. Gensanta, y yo que quería ser breve.

24 enero 2009

... y cien

Así es. Este blog, que pronto cumplirá dos añitos de existencia, ha llegado trabajosamente hasta su post número cien. No ha sido fácil, con esos largos paréntesis de desidia e inactividad, pero parece que en los tres o cuatro últimos meses, coincidiendo con una cierta reorganización existencial de su autor, Xanaz ha resurgido con fuerza. Atrás quedan venerables ancestros, compañeros de batalla más o menos abandonados, frustrados proyectos paralelos. Seguimos con nuestros cuatro o cinco lectores fieles (sí, me incluyo para inflar las estadísticas) y con una serie de visitantes puntuales, internautas descarriados en busca de las cosas más peregrinas. No importa: como ya he explicado alguna vez, Xanaz no pretende ir más allá del placer onanístico predominante en la web 2.0.

Seguiremos dando guerra por aquí y, temo, empleando este horroroso, engolado, burocrático plural mayestático. Me parece increíble que en estos años no haya escrito aún los posts que en su momento me llevaron a crear este espacio, que no haya hablado aún sobre las cosas que quería compartir: Stefano Ricci y Come back Africa, Jannis Kounellis, viejas películas familiares, anécdotas absurdas sobre Howard Hawks, Il Grido, cielos raros y personas comunes, conciertos, Nan Goldin, viajes, Hong Sang Soo, (aún más) miserias varias. En las próximas semanas intentaré terminar la serie iniciada tiempo atrás sobre el western; reflexionar sobre Zoe Leonard, Wolfgang Tillmans, Bacon, la fotografía, el cine; desahogarme por fin a propósito de las miserias del espectador de Cineuropa, recomendar algunas películas; hablarles sobre las sombras de chimeneas que se dibujan enfrente de mi ventana los domingos por la mañana, mientras escribo; saquear la memoria y el pasado, proyectar el futuro.

Gracias por sus visitas.

23 enero 2009

Diacronía


Caravaggio. La incredulidad de Santo Tomás (detalle). 1602.

















Jean Le Noir. Libro de las Horas de Bonne de Luxembourg.
En torno a 1340.















Lucio Fontana. Concetto spaziale: Attesa. 1960







Gustave Courbet. L’origine du monde. 1866









20 enero 2009

Ups!

Quizás se estén preguntando por qué demonios, para una vez que se me ocurre actualizar la radio del blog, las canciones se cortan a los treinta segundos. Investigando un poco he descubierto que mi querido servidor anda envuelto en pleitos por temas de copyright, derechos de autor y la letanía habitual. La parte demandante viene siendo en este caso, ejem, la Time Warner, una de las mayores multinacionales del planeta, lo que implica que

a) Las canciones publicadas por Warner introducidas en la radio son automáticamente convertidas en samples de treinta segundos. Así, a ojo, deben de tener en cartera un tercio de las bandas del mundo mundial.

b) El fundador de Imeem lleva unos meses sin aparecer por el trabajo. De su apartamento, dicen, salen de cuando en vez sonidos confusos de lloros y maldiciones.

Mientras decidimos si entrar en el asunto con todo el peso legal y mediático de nuestra poderosa organización, procuraré sustituir los temas en cuestión por otros más blog-friendly. Disculpen las molestias.

19 enero 2009

Los 10+1 más mejores discos del 2007: parte three [sic]

Vic Chesnutt – North Star Deserter

A pesar de sus veinte años de carrera discográfica, de discos más que notables, de colaboraciones y admiradores selectos, la historia personal de Vic Chesnutt, el personaje y sus fantasmas, parecía oscurecer hasta ahora su legado musical. North Star Deserter es una obra cuyos ecos resonarán aún cuando el mundo haya olvidado la azarosa vida de su autor. El disco no significa en modo alguno una ruptura con sus trabajos anteriores, pues la guitarra de Vic, su voz aguardentosa e imprevisible y su escritura agria, irónica, salvaje y sucia siguen siendo los ejes del discurso. Simplemente una conjunción afortunada de elementos lo catapultan a un nivel superior, el de los clásicos inmediatos. North Star Deserter es un disco de atmósferas, pero es también un disco de canciones: salvando las distancias, me viene a la cabeza el último gran Dylan del Time out of mind.

Aunque los temas saltan aquí del rock inflamado y ruidoso de Deebriefing a la desnudez árida de Warm, del pop sardónico y sin embargo hermoso de You are never alone al desafío exaltante en Everything I say, un cierto tono, una luz particular, quizás un estado de ánimo, unifican y potencian el conjunto. Es difícil dilucidar qué parte del mérito corresponde al artista, qué parte al conjunto extraordinario de músicos que lo arroparon durante las sesiones de grabación y qué parte en fin al productor (y autor además de la bellísima portada) Jem Cohen, que, no se lo pierdan, se gana la vida dirigiendo documentales. Aunque quizás tenga sentido, después de todo: North Star Deserter tiene la belleza hipnótica de las grandes obras cinematográficas, induce a una suerte de ensoñamiento contemplativo que nos distancia de la realidad de nuestro propio cuerpo y nos permite observarnos, asombrados, a través de la mirada de otro. Escalofríante.



Triángulo de Amor Bizarro – Triángulo de Amor Bizarro

Un mordisco en un ojo. Esa es, a bote pronto, la impresión que deja el disco de debut homónimo de Triángulo de Amor Bizarro. Uno, dos, tres temas, y a los nueve minutos el oyente está ya sin resuello; en parte por culpa de las líneas de bajo salvajes que cabalgan desbocadas al inicio del disco, en parte por la mezlca de carcajadas y ahogo con las que se acoge cada nuevo, sardónico e irreverente verso. Entonces, pista cuatro, arrancan los acordes prodigiosos de El fantasma de la Transición: imposible balada shoegaze, melancólica, misteriosa, mágica. Cuando uno tenía ya en la punta de la lengua toda la retahila – ruido, suciedad, ritmos brutales, Velvet, años ochenta, Kevin Shields, pedales, hipnósis, distorsión – los cabrones remezclan las cartas y presumen de corazoncito pop. Pop ramoniano en cualquier caso: dos acordes, a golpe de metrónomo, a ritmo de carga de caballería.

Imposible negarlo: hay un componente innegable de pura simpatía en la reivindicación de estos paisanos. Salen en las fotos mal vestidos y peor peinados, sus respuestas en las entrevistas destilan la misma mala leche de base surrealista que las letras de sus temas, dicen “follar”, Isa es adorable cuando canta o cuando chilla y, en general, Triángulo de Amor Bizarro supone un soplo de aire en el panorama musical estatal. Aire fresco, hubiésemos debido escribir, sólo que aquí se trata más bien de aire viciado, rarefacto, aire cargado de electricidad como ocurre a veces antes de las tormentas; aire macarra, decididamente macarra, si la imagen es admisible. Además, con su repetición obsesiva de frases absurdas que acaban por vaciarse de sentido al tiempo que se cargan de significado, con sus melodías simples, irresistibles, infecciosas, su acelerado disco de debut, treinta y tres minutos por reloj, demuestra que Triángulo de Amor Bizarro son buenos, muy buenos.



Feist – The Reminder

Muy a mi pesar y gracias a enormes dosis de empatía, puedo llegar a comprender que alguien prefiera escuchar un disco de (glups) La Oreja de Van Gogh en lugar de uno de Animal Collective. Lo que a mí me parece pop gozoso, inmediato e inteligente quizás resulte indigesto, desagradable y chillón para otros. Bien. Lo que nadie podrá explicarme, sin embargo, es por qué una persona en pleno uso de sus facultades mentales decide escuchar a Amaia Montero o a Conchita pudiendo escuchar a Leslie Feist. La canadiense no revolucionará la historia de la música popular, e incluso da cierto reparo dejar fuera de esta lista el folk psicodélico y alucinado de Six Organs of Admittance (perdona, Ben) para incluir su último trabajo.

Se rinde uno, sin embargo, a su voz versátil y al gusto exquisito con el que se permite devaneos que parten siempre del pop luminoso y agridulce y juguetean con el folk, la música de baile, las reminiscencias cabareteras, las múltiples resonancias de la música popular norteamericana de los últimos sesenta años. Termina de convencer su capacidad de vestir cada canción con los ropajes adecuados, gracias a una producción impecable, ingeniosa, espontánea, inteligente. Niña prodigio, adolescente hipersensible, inspirada chanteuse, todo en una y en ocasiones simultáneamente, acabaríamos por odiarla a poco que se tomase en serio a sí misma. Pero, ay, revitaliza a golpe de sintetizador una vieja canción popular (Sea Lion Woman), pinta de colorines una historia de desamor (1 2 3 4), no rehuye las baladas desnudas hasta el tuétano (The Water), disemina un gritito por aquí, unos coros por allá, póngame aquí unas palmas et voilà, una perla (I Feel It All). Escrito a salto de mata, grabado al parecer en una mansión a las afueras de París junto con amigos, The Reminder es un disco ambicioso, que camina a menudo por el alambre de la dispersión pero acaba por caer siempre de pie, fresco y lozano, merced a una última pirueta de pop de primera clase

14 enero 2009

Cartas, un reencuentro

Me resulta difícil de creer el tiempo que llevo sin pasarme por el Cineclube. No recuerdo ni siquiera la última película que vi, pero dado que aún no he estado en su nuevo hogar en Santa Clara, al que se mudaron hace al menos tres o cuatro años, las cuentas están claras. Quien sabe si esta noche, cuando aparezca por allí, me toparé con los mismos cuatro gatos solitarios que nos removíamos, de frío e incomodidad, en las butacas de Xornalismo. A lo mejor, reaparece la multitud absurda e inesperada de la primera noche en la sala Yago, gente amontonada en las butacas durante la proyección de El ángel exterminador.

En cualquier caso, servidor piensa acudir puntual al reencuentro hoy a las diez de la noche, y reincidir, salvo cataclismo, todos los miércoles de enero. La culpable no es otra que Chantal Akerman, la cineasta y videoartista de origen belga, a la que dedican un ciclo este mes. Su obra ha sido asociada a menudo con la aparición de la crítica feminista y postestructuralista en los años setenta, asociación que difícilmente le conseguirá nuevos seguidores entre los lectores de este blog. De lo poco que conozco de sus instalaciones y películas, lo que de verdad me fascina es la pureza de su lenguaje, la distancia que establece con y en la imagen, y su voluntad de combinar unidades mínimas para jugar con el tiempo y el espacio.

La conocí de la manera más absurda, al poner la televisión al volver a casa un día a las dos de la mañana y encontrarme con ese estupendo, caótico programa del que ya hemos hablado por aquí. Retransmitían News From Home, una de sus primeras películas con cierta repercusión rodada en 16 mm a mediados de los setenta. Me quedé en el sofá, ligeramente borracho, hasta las cuatro de la mañana, fascinado por aquel relato apasionante y aparentemente carente de relato en el que planos fijos de la ciudad de Nueva York se entremezclaban con las cartas escritas a Akerman desde Bélgica por su madre, que la propia artista leía en off. Dos elementos simples combinados de una manera sencilla, pero que producían efectos extraordinarios.


“En mi obra hay una voluntad de silencio, un deseo de callar para decir más en otra ocasión. Una de mis películas, Sur, trataba un linchamiento en una ciudad del sur de EE.UU. La policía había trazado círculos en la calzada para señalar dónde habían quedado esparcidos los restos del asesinado. Yo los filmé y creo que aquellos círculos resultaban más elocuentes, más traumáticos, que la visión del cadáver.”