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27 octubre 2008

Un domingo cualquiera

El domingo por la mañana me acerqué un rato a la Carrera Popular de Santiago. Apostado en una esquina de la zona vieja, en el tramo final del recorrido, vi pasar a los corredores con una mezcla de envidia y entusiasmo, jugando a adivinar con qué grupo habría llegado si una inoportuna sobrecarga muscular no hubiese frustrado mi participación.

Por la tarde fui a ver la versión de La buena persona de Sezuán de Brecht por parte del Centro Dramático Galego. Hace tiempo, en Bologna, intenté abrirme al mundo del teatro y a sus manifestaciones más o menos vanguardistas a base de abonos de temporada con descuento de estudiante. Debo de tener un problema con el teatro en general, porque casi toda la programación me dejó en su momento indiferente.


El montaje de Brecht estaba bien resuelto, con un buen reparto y con iluminación y escenografía más que trabajadas. La introducción de números musicales y toques cómicos y un aceptable sentido del ritmo hicieron que no resultase pesada a pesar de los 175 minutos de duración, sino más bien entretenida. Sin embargo, si lo máximo a lo que podemos aspirar hoy en día de una representación del teatro más supuestamente antiburgués y vanguardista del siglo XX es que sea entretenida, lo siento, yo me bajo del barco.


Si queréis juzgar por vosotros mismos, aquí podéis encontrar información sobre la obra y las futuras fechas de representación por toda Galicia.

15 octubre 2008

Cerca del cielo (y III)

Hace años, en un pequeño estudio de radio, en la facultad, un profesor intentaba enseñarnos a elaborar reportajes radiofónicos. Escuchamos, a modo de ejemplo, un programa realizado hace años por RNE sobre una expedición al K2, en la que había muerto el alpinista Atxo Apellániz. Los autores reconstruían los hechos a base de música, efectos de sonido, recuerdos de los miembros de la expedición y, sobretodo, las grabaciones de las conversaciones mantenidas por radio entre Apellániz y sus compañeros en el campo base. Como ejercicio didáctico la clase no funcionó: el reportaje resultaba torpe en el uso de los recursos expresivos, poco eficaz en la narración. Como experiencia resultó traumática.

Los fragmentos de las conversaciones por radio, independientemente del montaje más o menos afortunado, emergían con una brutalidad insostenible. El relato se volvía más y más terrible a medida que Apellániz sucumbía al cansancio: su voz comenzaba a ceder, sus palabras perdían coherencia. Finalmente, casi agotada la batería de su radio, respondía con toques: dos significaban sí; uno, no. Es difícil explicar el dramatismo intolerable de cada uno de aquellos chasquidos. Salí conmocionado de aquel estudio, mientras la mayoría de mis compañeros bromeaba, y aún hoy me turba leer una simple transcripción de parte de aquel diálogo. No he querido volver a escuchar el programa de nuevo, pero deberíais encontrarlo aquí, o bajo estas líneas.



Años más tarde, con un espíritu y un tono muy distinto (irónico, pero también sorprendentemente empático), Nacho Vegas afrontó desde su particular óptica la locura implícita en las gestas del montañero. Cerca del cielo fue desde el principio mi canción preferida de un disco monumental. Aunque siempre pensé que se limitaba a afrontar un tema genérico, parece que Vegas la escribió pensando en el alpinista vasco Juanito Oiarzábal: recordman de ascensiones a ochomiles, inesperada estrella televisiva, personaje controvertido que encarna como nadie las paradojas de aquel universo.


La canción construye su propia mitología, entre el distanciamiento y la admiración, en la que la obsesión por la montaña se funde con referencias clásica y cristianas más o menos irónicas. Al ritmo solemne del piano, guitarra y batería, se une el órgano, grandioso y torturado, que se eleva hacia las alturas. La letra y la melodía juegan con lo absoluto y lo grotesco, hasta conseguir abrazar la tragicidad, absurda al tiempo que sublime, de un modo de vida extremo.


14 octubre 2008

Dictaminando que es gerundio

Definitivamente, el fútbol se consolida como observatorio privilegiado del fenómeno globalizador. En concreto, nos fascina observar como, entre los agentes no estatales que asumen un protagonismo cada vez mayor en el concierto internacional, casi ninguno (no desde luego Greenpeace, ni Amnistía Internacional, ni siquiera la ONU) sobrevuela la soberanía estatal con tanta alegría y desenvoltura como los organismo futbolísticos.

La Uefa, una asociación privada interestatal de tercer grado (una asociación de federaciones de asociaciones), acaba de imponer una sanción de a uno de sus miebros: el Atleti tendrá que jugar tres partidos de Champions fuera de casa por unos incidentes en su duelo con el Olympique. Todo normal, hasta que aprehendemos los motivos de la sanción. Leemos, entre estupefactos y divertidos, que según el director de comunicación de la UEFA, un tal William Gaillard, la Comisión de Disciplina de este organismo "ha dictaminado" que los incidentes ocurridos durante el partido "fueron provocados por la Policía Española sin ninguna razón". Delicioso.


Tiempo ha (no tanto) la FIFA condenó la injerencia política en las elecciones a la RFEF (una asociación privada pero con atribuciones de monopolio público y financiación estatal) que felizmente preside, desde hace veinte años, el ínclito Ángel María Villar. Muy elegantemente, el organismo (privado, obviamente) denunciaba que una orden ministerial interfería en los asuntos del fútbol, en concreto con el Código Electoral del propio organismo. La decisión del Estado entonces fue la plegarse a las exigencias de la FIFA, de modo que no se sorprendan si mañana leen en los periódicos que cuarenta policías nacionales (Dios sabe que no somos sospechos de simpatía hacia según que instituciones) han sido enviados a Suiza en grilletes para ser azotados, siguiendo los dictámenes de la benemérita asociación.

Por cierto, Jean-Marc Bosman, el modesto futbolista que consiguió en 1995 algo tan aparentemente autoevidente como que la legislación laboral comunitaria se aplicase en el fútbol profesional, ganó el caso que le hizo famoso, pero no consiguió volver a jugar un partido en su vida.

12 octubre 2008

Cerca del cielo (II)

Rafael Nadal recogerá el próximo día 24 su galardón en Oviedo, y un mes después, con permiso del drive de Del Potro, se traerá de tierras argentinas la tercera Davis. Nuestra tardía e inútil reivindicación de otra de las candidaturas, una candidatura cuya esencia misma era el fracaso, no parecía tener otro sentido que el de la pataleta. Coetzee, cuya última (no)narración le lleva incluso a reflexionar sobre el deporte de élite, encuentra un posible nuevo sentido a nuestra queja:
"Una competición cuyo resultado está cantado no nos atrae, salvo tal vez cuando el contendiente más débil actúa con suficiente valentía para ganarse nuestra solidaria admiración, ya que enfrentarse con valentía a un rival más fuerte es sin duda una de las lecciones para cuya enseñanza el deporte, como institución cultural, fue inventado. El enfrentamiento entre una visión nostálgica y retrógrada del deporte y la visión que predomina hoy puede tener un valor cultural análogo. Es decir, el argumento de que el pasado fue mejor que el presente no puede vencer, pero por lo menos es posible exponerlo con valentía."



Supongo que el interés (moderado: nunca he leído ni investigado mucho sobre el tema) que despiertan en mí las hazañas, noticias y mitologías del alpinismo podría tener que ver con su condición de último reducto de una concepción romántica, extrema y totalizante del deporte. Creo, sin embargo, que lo que encuentro en ellas es una última forma de narración épica, en una época en la que las las gestas individuales, fruto de pulsiones incomprensibles y obsesiones a menudo autodestructivas, tienden a adoptar formas cada vez más caprichosas, banales, estúpidas.

Hoy es posible comprar un trocito de gloria en la conquista del espacio, las expediciones comerciales saturan el Everest y el ciclismo (ese otro, mancillado, refugio de la épica deportiva) conquista cimas a golpe de epo. Sin embargo, algunos locos incorruptible siguen muriendo cada año, empeñados en ascensiones sin oxígeno, expediciones sin patrocinador, vidas sin freno.

23 septiembre 2008

Cerca del cielo (I)

Hace un par de semanas, un jurado formado de supuestas personalidades deportivas otorgaba a Rafa Nadal el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes. Los encargados de conceder el galardón se habían caracterizado ya en precedentes ediciones por el tono populista y chauvinista de sus decisiones. No era de extrañar, por tanto, que el tenista mallorquín superase a mitos en activo como Michael Phelps, que la selección española de fútbol se encontrase entre los finalistas, o que deportistas y personalidades históricas, así como practicantes de especialidades minoritarias, se hayasen prácticamente ausentes de las candidaturas. No que el premio a Nadal resultase más extravagante que el concedido años atrás al ojito derecho de Asturias; un oportuno premio a Roger Federer el próximo año solucionará la injusticia histórica como sucedió ya entonces. Ya puestos, reconozcamos que los méritos contraídos por el balear, la excelencia competitiva demostrada a lo largo del año y su irreprochable actitud lo hacen digno aunque precipitado vencedor.

Resulta, sin embargo, que entre tanto ídolo de masas y triunfador olímpico se había colado este año entre las finalistas una candidatura colectiva particularmente rara y hermosa. Quince alpinistas de diversas nacionalidades aspiraban, propuestos por el Gobierno navarro, a obtener el otrora prestigioso galardón. Sus méritos no eran tanto competitivos como humanos; solidarios, sí, pero también deportivos, en una acepción amplia y alta que el jurado no supo apreciar. Los quince candidatos, miembros de esa especie extravagante, desquiciada, vagamente suicida que es el alpinista, se conocían apenas.


Alguna charla en inglés macarrónico en un campo base sudamericano, supongo; o un gesto con la mano al cruzarse a cien metros de una cumbre en el Himalaya, unos con la felicidad cansada del recién coronado, otros con la urgencia de hacer cumbre para retornar a la relativa seguridad del campo base. Sus vidas, sin embargo, confluyeron decisivamente durante los cinco días que Iñaki Ochoa, un montañero navarro, agonizó en la cumbre del Anapurna.

Ochoa cayó inconsciente en la tienda de campaña el lunes 18 de Mayo, poco después de haber renunciado a hacer cumbre por problemas de congelaciones en las manos. Con graves lesiones cerebrales y pulmonares, permaneció durante cinco noches a 7400 metros de altura, donde no llegan los helicópteros, aislado tras una cresta, sin comida, oxígeno ni medicamentos. A su lado un montañero rumano, Horia Colibasanu, compañero de cordada, que durante ese tiempo trató de sostenerlo con infusiones y hielo derretido. Mientras tanto, montañeros suizos partían con medicamentos desde el campo base, en condiciones metereológias pésimas y mal equipados. Otros alpinistas, coordinados desde Navarra gracias a un teléfono satelital de la ONU, se organizaban para hacer llegar oxígeno a Ochoa y facilitar las tareas de rescate.


A pesar de ello, cinco días más tarde de su desvanecimiento, un día después de que Colibasanu se viese obligado a descender con un principio de edema, y cuatro horas antes de que un kazajo llegase con oxígeno hasta la tienda, Ochoa moría en brazos del suizo Ueli Steck. Su cuerpo fue abandonado en el Annapurna, por deseo de su familia, y para evitar poner en riesgo la vida de más montañeros. La historia de sus últimos días es, sin embargo, una historia hermosa, y podéis leerla, en las palabras de Horia Colibasanu, aquí.