25 noviembre 2008

La manzana de Esther Ferrer

Esther Ferrer, de la que reseñábamos hace unos días una muestra en la galería Trinta, acaba de ser galardonada con el Premio Nacional de las Artes Plásticas. Aunque su reciente exposición compostelana recogía esculturas, principalmente, la concesión del premio obedece sobre todo a su trabajo en el campo de la performance. Me gusta un párrafo del artículo en La Vanguardia sobre la artista:

“De su paso por ZAJ, el grupo que nació como un movimiento musical en 1964 de la mano de los compositores Juan Hidalgo y Ramón Barce pero que dio cabida a todo tipo de artistas, cree que "algo queda" en el campo de la performance, "aunque -asume- son tan leves sus rastros...". ZAJ actuó en 1967 en un teatro de Madrid. Un intérprete se comió una manzana y no pasó nada más. El escándalo fue tal, que de las siete funciones previstas solo fue posible el estreno.”






Wilco

Waltercio Caldas: la liberación de los lugares

Ante la alternativa entre renunciar a comentar mi visita dominical a la exposición de Waltercio Caldas en el CGAC y esbozar un par de apuntes deslavazados y poco inspirados antes de entregarme al reposo nocturno, escojo la opción c. Os dejo con un extracto de un magnífico estudio crítico sobre el artista:
" La estética de este creador brasileño podría comprenderse desde dos de las famosas propuestas de Italo Calvino para el próximo milenio: levedad y exactitud. Por la primera entiende un apartarse de la pesadez del mundo para emprender un vuelo simbólico en el que es imprescindible un humor cercano a la melancolía; la exactitud tiene que ver con un diseño de la obra bien definido y calculado, la evocación de imágenes nítidas, incisivas y memorables, y el lenguaje más preciso posible como léxico y en tanto que forma de expresión de los matices del pensamiento y la imaginación.

Podemos pensar que la exactitud se relaciona, aunque parezca paradójico, con la indeterminación, pero también con esa convicción mística de que «el buen dios está en los detalles». Contemplando la fantástica serie de piezas (...) encontramos tensión y equilibrio, un diálogo entre materiales (el acero inoxidable, los hilos de lana, el onix) que, sin ofrecer ningún significado cerrado, nos lleva a experimentar una honda sensación de placer estético."
Si bien mi entusiasmo ante la muestra no es completo, me apoyo en esta idea del placer estético y me atrevo a recomendarla a todos aquellos que creen que no es posible disfrutar, simplemente disfrutar, en un museo de arte contemporáneo. Comprobadlo hasta el 7 de diciembre en el CGAC. El artículo, por cierto casi tan placentero como las obras en sí, completo aquí.

24 noviembre 2008

La neomodernidad, o un resquicio de esperanza

En nuestra ya clásica sección artículos que gracias a Dios publican los domingos, porque cualquier otro día de la semana lo pasaríamos por alto, les acercamos un texto leído en las páginas de opinión de El País. En él, el catedrático Fernando Vallespín conecta la crisis económica y la actualidad política estadounidense desde una óptica decididamente esperanzada/ora: un abandono de algunos de los valores individualistas posmodernos, una oportunidad para el retorno y renovamiento de las políticas igualitaras y la solidaridad social. El texto aquí, entre tanto unos fragmentos:

"Toda crisis, y ésta parece ser de las más profundas, introduce una importante cesura en el tiempo histórico. (...)Tengo para mí que la sociedad del futuro inmediato abandonará algunos de los rasgos más conspicuos de eso que hemos venido calificando como posmodernidad para volver a muchos de los de la anterior fase moderna sin que ello signifique un pleno retorno a ella.

El rasgo más marcado del cambio, ya lo estamos viendo, es el renovado protagonismo de la economía. Frente a la prioridad que en la anterior fase posmoderna acabó teniendo lo cultural -en un sentido lato-, se alza ahora lo económico como el factor central de la actividad humana. (...) La redistribución, la lucha contra la desigualdad, volverá a dominar el debate político después de haber sido durante décadas la gran cuestión olvidada. Regresarán los clásicos conflictos sociales con raíz de clase y es previsible imaginar una reverdecida presión para alcanzar una mayor equidad fiscal. (...) No deja de ser irónico que la elección de Obama, que representa un hito en las "luchas por el reconocimiento" posmodernas -de minorías étnicas en este caso-, acabe por significar la afirmación de políticas de igualdad frente a las de la "diferencia".

(...) Los clásicos valores densos de nuestra herencia moderna postergarán a los más ligeros -líquidos, en la jerga de Bauman- del "todo vale", la gratificación inmediata, el hiperconsumo, la autorrealización individual. No saldremos de eso que los sociólogos califican como "individualización", pero habrá una tendencia a moderar el individualismo y el privatismo radicalizado en aras de un mayor compromiso con los objetivos sociales generales. Todo ello en nombre del gran valor de la modernidad: el orden.(...)

Tanto la vuelta a los nuevos / antiguos valores densos como el protagonismo estatal ofrecerán una nueva oportunidad a las políticas de izquierdas.(...)Pero huérfanas de un claro sentido de la idea de progreso y en su énfasis por gestionar una política dirigida a evitar los grandes males -desempleo, pensiones, pérdida de competitividad- abandonarán gran parte de su dimensión utópica. Se tratará de izquierdas administradoras de la nueva escasez, un papel que ya hubieron de asumir en otros tiempos históricos.

(...) No es de excluir, sin embargo, una alternativa que recupere la esencia del ya conocido populismo de derechas, la tozuda vuelta al Estado de ley y orden alimentado por un nacionalismo revivido. Fronteras, xenofobia, reafirmación de las identidades nacionales. Sería la otra dimensión, mucho más siniestra, del conservacionismo rampante.(...)

Lo decisivo de esta vuelta a la modernidad que se atisba en el horizonte es el contenido de que vayamos a dotar a lo nuevo de la neomodernidad, la forma en la que seamos capaces de extraer las consecuencias oportunas de la experiencia histórica y la aprovechemos para innovar social y políticamente. Si se recupera la política el futuro estará siempre abierto."

23 noviembre 2008

De la lengua

Por primera vez me encuentro utilizando la lengua gallega durante la mayor parte de mi tiempo. En el mejor de los casos, podría afirmarse que hablo y escribo un gallego meramente aceptable, de laboratorio, aprendido en la escuela y la televisión; una lengua fría, un instrumento de comunicación, no esa materia viva y pulsante que nos sirve para dar nombre (para dar vida) al mundo que nos rodea. La relación entre los signos y las cosas cuando uso esa lengua está desprovista de vínculos sentimentales, pervive si acaso una cierta fascinación por la arbitrariedad excéntrica de ciertas palabras: nembargantes*, cogomelo, laiar. Naturalmente mi ignorancia o mi falta de soltura no implica que tenga prejuicios contra el idioma; me gusta usarlo, del mismo modo en que me gusta usar cualquier otro idioma, e intento hacerlo con la mayor corrección posible, pero no lo siento particularmente mío.

Mi compañera de trabajo, con la que no termino de simpatizar, es sin embargo gallegoparlante. Un comentario suyo reavivó el otro día un conflicto que desde hace mucho tiempo tengo conmigo mismo y con los demás, un conflicto que reemerge de vez en cuando en forma de pequeñas broncas y que nunca he conseguido cerrar, porque nunca he tenido la competencia (histórica, filológica) para hacerlo, ni el interés en adquirirla. Asombrada por mis frecuente uso del diccionario a la hora de redactar comunicados de prensa, y resistiéndose a creer que la palabra correcta en gallego para celda era cela, exclamó con una mueca de desprecio: “Ah, pero ti usas galego normativo?”

La respuesta, por desgracia, es no; aunque lo intento, los textos que redacto contienen seguramente pequeñas irregularidades sintácticas, gramaticales, ortográficas. Errores que seguramente no impiden la comprensión, pero que a mí mismo me resultaría inaceptable encontrar en un texto ajeno escrito en otra lengua. Mi compañera carece de este tipo de remordimientos, con la despreocupación de áquel que considera la normativa una mera formalidad académica. Los documentos legales que redacta en gallego son a veces casi ilegibles, no ya por esa sintaxis aberrante y barroca propia de la práctica legal, sino por la absoluta arbitrariedad con la que utiliza expresiones y palabras incorrectas o directamente inventadas. Lo asume con naturalidad y despreocupación, y así parece(mos) hacerlo esa jauría que intercambia(mos) escritos más o menos oficiales, aparentemente sin la necesidad de cerciorar(nos) de nos destrozar la lengua (sí, la versión normativa de la lengua, o aquella que decidamos adoptar como tal) a cada frase.

22 noviembre 2008

Reflejos


Reflejo
.(Del lat. reflexus).


1. adj. Que ha sido reflejado.
2. adj. Se dice del conocimiento o consideración que se forma de algo para reconocerlo mejor.
3. adj. Dicho del movimiento, de la secreción, del sentimiento, etc., que se producen involuntariamente como respuesta a un estímulo.
4. m. Luz reflejada.
5. m. Imagen de alguien o de algo reflejada en una superficie.
6. m. Aquello que reproduce, muestra o pone de manifiesto otra cosa.




Robert Morris. Untitled (Mirrored Cubes)

18 noviembre 2008

Olivier Assayas, rescoldos de una retrospectiva

Pues sí. Probablemente hubiese sido más útil escribir un par de párrafos sobre la obra del cineasta y crítico francés Olivier Assayas antes de que la retrospectiva en Cineuropa comenzase a llegar a su fin. Dentro de un par de horas proyectan Desordre, su primer largometraje, y una de las tres últimas obras suyas que veremos en Santiago. Ya en este irregular pero estupendo debut podemos encontrar algunas de las constantes que acompañarán a Assayas durante veinte años de carrera: el gusto por la crónica generacional, por la voracidad narrativa, por la frescura y la libertad estilística y, al mismo tiempo, una irreprimible tendencia a la mitomanía, al fetichismo, a la cinefilia, herencia de su poco disimulado culto por la nouvelle vague. De hecho, Assayas trabajó como crítico cinematográfico en los Cahiers du cinema durante un lustro, es coautor de un interesante libro de entrevistas con Ingmar Bergman y dirigió el hermoso retrato de Hou Hsiao Hsien que pudimos ver en la retrospectiva.

Su principal referencia estilística e imaginaria es, decíamos, la vertiente más inmediata y accesible de la nueva ola francesa, entremezclada con estímulos que provienen tanto de autores cultos y exóticos como de cinematografías populares y de consumo. Assayas hereda la fe en una crónica sentimental y generacional desordenada, consciente de la imposibilidad y la inutilidad de entregar relatos perfectamente acabados en sí mismos: sus películas son por definición incompletas, abiertas, pequeñas, sugerentes. Al mismo tiempo, el director francés vuelca en sus obras su fascinación por todos aquellos elementos aparentemente banales que definen el pathos de una época: la moda, los ritos sociales, la música. Quizás sus mejores films son aquellos en los que se abandona sin pudor a las contradicciones inevitables entre la concreción narrativa y la ligereza de la puesta en escena y su afán icónico, su voluptuoso culto al capricho estético.

15 noviembre 2008

Elogio de la mirada: Aruitemo, aruitemo

Tras un día de baja en el festival por agotamiento, con una contractura brutal en la espalda, contra todo pronóstico y con los hados en contra, ayer vi la primera película realmente grande en esta edición de Cineuropa. Una manera de presentar la conmovedora Aruitemo, aruitemo, de Hirokazu Koreeda, sería describirla como una lección sobre el respeto a la distancia: distancia en la construcción de la imagen, respeto en el acercamiento a un maravilloso grupo de personajes/actores. Otra propuesta igualmente legítima sería valorarla como una reivindicación de la mirada, y de la capacidad de los objetos y de las acciones de revelar su densidad y su fuerza mediante la simple observación, sin forzar ni imponer un significado.

Sin embargo, temo que las dos últimas frases robarán más que ganarán espectadores para el hermosísimo film de Koreeda. Probemos entonces diciendo que se trata de una fábula delicada sobre el paso del tiempo, las relaciones de familia, los silencios, los secretos, el peso del pasado y la tradición y sobre la capacidad de cambio del ser humano. Intentemos aclarar que se trata en el fondo de una obra sorprendentemente sencilla y amena, con una construcción clásica que permite desplegar sin alardes su sabiduría humanista, repleta de una inteligencia sutil, melancólica pero decididamente optimista en el fondo. La proyectan por última vez mañana sábado a las diez de la noche, y creo poder afirmar que serán un poco más felices si están allí.